Realmente, estaba enfadada. No presté ni una pizca de atención a la clase de física, pero al mantenerme inmóvil mirando al frente, no creo que el profesor lo haya notado.
Sabía que algo malo ocurría. Lo había sentido cuando, esa misma mañana, Edward había salvado a esa chica Pilar de romperse la cabeza contra el suelo. Lo supe cuando noté la tensión de Edward en el ambiente a la hora del almuerzo. Nunca, en los noventa años que llevamos juntos, lo había visto comportarse tan fríamente frente a dos simples humanas. Sentí su preocupación, su dilema, su tensión. Y sabía que Pilar tenía mucho que ver en ello. Y aquello me enfurecía. ¿Por qué yo no podía entender qué le pasaba?
Eché una rápida mirada hacia donde Pilar estaba sentada con una chica llamada Lauren Taylor, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Quién era María Pilar Masen? Solo era una humana. ¿Qué era lo que generaba en mi hermano, para que este se comportara de esa forma? Podía haberme caído realmente bien, pero mi afecto se había disipado al ser superado por el instinto protector y el cariño que le tengo a Edward. Pilar miraba su hoja, mientras desde mi asiento oía el rasgar de su pluma. Estaba tratando de hacer los cálculos por ella misma, aunque las rasgaduras no parecían lo suficientemente seguidas como para notar que sabía hacerlos.
- Señorita Cullen – oí la voz del profesor que me llamaba. Corrí mi mirada dorada, y lo observé fijamente. - ¿Emily, verdad?
- Sí, señor – contesté, poniendo mi mejor sonrisa y expresión inocente. El profesor carraspeó, y miró sus apuntes.
- Me gustaría que pasara al pizarrón a demostrarme lo que sabe – contuve una mueca.
Nunca me habían gustado las ciencias, aunque había tenido tiempo de sobra para estudiarlas. Sin embargo, me levanté de mi asiento y pasé al frente. Con mi mirada periférica, noté como Pilar se ponía roja como un tomate. Suspiré. La estaba intimidando…pero no me importaba. Se lo merecía. Miré fijamente los cálculos, los hice en mi mente en menos de un instante, y luego comencé a escribir. Noté los jadeos detrás de mí, los movimientos ansiosos en las sillas y las rasgaduras de las plumas. Al finalizar, me di la vuelta, y observé al profesor fingiendo esperar la respuesta, mientras este me observaba con la boca abierta.
- ¿Iban más avanzados en Forks? – me preguntó. Dudé medio instante.
- Tengo hermanos mayores que me enseñan – mentí suavemente. No tuve problemas con eso. El profesor pareció creerme, asintió, y me dejó volver a mi asiento.
- Wow – me susurró Kim cuando estuve a su lado otra vez – Espero que me des clases. Soy muy mala en las ciencias…
Dudo que alguna vez vaya a hacerlo. Sin embargo, no contesté. Ni siquiera le sonreí. Estaba demasiado frustrada para fingir ser normal.
Después de las dos horas de clase de la tarde, finalmente terminó el día. No se podía decir que había sido el mejor primer día de clases de mi existencia. Sin decir adiós a nadie, apenas sonó el timbre tomé mi mochila y me dirigí a la salida, donde Edward me esperaba.
Tenemos una charla pendiente, le recordé, sin abrir mi boca y mirándolo con dureza. Edward cambió el rumbo de su mirada, y eso me frustró más aún. No quería contármelo. Siempre me contaba todo. Siempre confió en mí. ¿Qué rayos le ocurría?
Para mí, Edward siempre había sido una especie de hermano especial. Cuando fui convertida por Carlisle, él era el único que ya tenía esta…naturaleza, así que tuve más tiempo de conocerlo a él que a mis otros hermanos. Él siempre estuvo. Y a pesar de que adoro a Jasper y a Rosalie, con ellos jamás he tenido esa conexión que tengo con Edward…o que tenía. Nuestras personalidades son más parecidas, y aunque siempre lo amé como a un hermano, como a mi hermano…nuestra relación era especial. Mi hermano protector, sonriente, educado…más cercano.
¿Qué le había hecho Pilar?
Al notar el rumbo de mis pensamientos, a pesar de que continuaba con su expresión relajada, noté el brillo de desesperación en sus ojos. Así que era Pilar, después de todo.
Sabía que era ella.
Fruncí los labios, mientras oía los pasos de Jasper doblar a la esquina. Ambos nos giramos para verlo llegar. Mi hermano mayor notó la tensión y frustración en el ambiente, y de repente una ola de tranquilidad nos invadió. Traté de liberarme de aquél sentimiento artificial, pero no lo logré. Mi pecho se relajó, al igual que mis labios. Debía admitir que el talento de Jasper podía ser reconfortante.
- Gracias, Jasper – susurró Edward.
- ¿Qué ocurre? – preguntó este. No pude contestarle, ya que sentí el ruido de las ruedas del auto de Carlisle entrando al aparcamiento del instituto, y aquello me distrajo.
- ¿Vino Carlisle? – pregunté, mientras Jasper se encogía de hombros. - ¿Qué hace aquí? ¿No estaba en el hospital?
Edward suspiró.
- Planea llevarnos a comprar autos – explicó. De repente, me sentí emocionada: amaba ir a comprar autos con mis hermanos. Rosalie era una experta: se conocía todos los modelos, junto con sus características, puntos favorables y desfavorables. Edward no conocía tanto, sin embargo, tenía buen gusto para ellos, y sabía escogerlos. Ni Jasper ni yo sabíamos nada de autos, pero nos encantaba acompañarlos y oírles discutir si era mejor el Mercedes Guardian o el BMW CS Concept. Edward sonrió. El auto de Carlisle estuvo estacionado frente a nosotros en menos de lo que se tarda en decir “hey!”, y él se bajó para recibirnos. Los alumnos pasaban por su lado, y todos los miraban, tanto las chicas como los chicos. Ellos, observaban el auto con ojos como platos, mientras que las chicas lo observaban a él.
Es casado, pensé con furia, mientras Julie Williams, una compañera de Edward, se le quedaba mirando con la boca abierta. Edward rió a mis espaldas. Carlisle se quitó los anteojos de sol, y nos sonrió.
- Gracias por venir a buscarnos, papá – sonreí, mientras abría la puerta del asiento trasero.
- Rosalie debería haber llegado ya – se quejó Jasper – Nos va a atrasar a todos…que vaya corriendo.
- Pobre Rosalie – murmuró Edward, aunque yo sabía que no lo pensaba realmente. En ese momento oí los pasos de Rosalie y la rasgadura de su cabello en el aire a unos doscientos metros.
- Está en el campo de football – expliqué – Se está acercando.
Rosalie estuvo junto a nosotros antes de que terminara la frase. Edward la fulminó con la mirada, pero ella se encogió de hombros.
- Nadie miraba – dijo, mientras subía al asiento delantero del Mercedes. Edward y yo suspiramos a la vez, y nos sentamos junto a Jasper, quién había subido antes de que Rosalie llegara.
La concesionaria quedaba exactamente en el centro del pueblo. Era un lugar muy espaciado, con un jardín trasero, todo dedicado a la venta de autos. Inmediatamente, nos separamos, mientras Carlisle hacía algunos arreglos con el dueño del lugar. Todos los vehículos eran grandes, brillantes y lujosos. Di varias vueltas alrededor del lugar, observando todo detalladamente, cruzándome de vez en cuando con alguno de mis hermanos, hasta que lo vi: el auto perfecto, la hermosura con ruedas. Hasta yo, que no sabía nada de coches, pude apreciar su belleza.
Era un Mini Cooper ML31 de color azul oscuro, brillante, con el logo de BMW en la parte trasera. Me quedé maravillada, observando aquella preciosidad. Tanto, que casi ni me di cuenta de que Jasper se había instalado a mi lado.
- Es bonito – dijo, con indiferencia. Lo miré con incredulidad – Pero tienes un pequeño detalle que resolver…
- ¿Cuál? – pregunté, extrañada. Jasper sonrió con malicia.
- Tienes quince años – me recordó – No puedes manejar hasta los dieciséis con permiso de tus padres.
- Mentira – contesté, ofendida – Cuando Carlisle me transformó tenía dieciséis, y por lo tanto tengo la edad para manejar esta hermosura.
- No, no la tienes – me contradijo mi hermano – Para este pueblo, aún tienes quince. Falta aún un año para tu “cumpleaños”, Emily.
Lo miré con cara de pocos amigos, y luego volví mi mirada hacia el Mini Cooper, tornándola completamente. Mi mirada deseosa brillaba en su reflejo.
- Me lo regalarás para mi “cumpleaños”, ¿verdad, Jasper? – pregunté inocentemente, mientras ponía una sonrisa seductora, ancha e intentando que fuera convincente, con los ojos brillosos. Jasper estalló en una fuerte carcajada.
- Sigue soñando – me dijo, sin dejar de reír. Mi expresión se tornó ofendida.
- ¡Jasper! – exclamé, mientras juntaba mis manos y hacía un puchero, apretando los párpados – Por favor, Jazz…la cantidad de favores que te habré hecho en estos setenta años que hace que estamos juntos… venga, Jazz… quiero un Mini Cooper…por favor…
- Tienes dinero - contrarrestó él, haciendo caso omiso a mi mirada suplicante – Cómpratelo sola.
Vale. No me dejaba otra opción. ¿Por qué los hombres quieren hacerlo todo siempre tan complicado? Siempre por las malas.
- Muy bien – le dije, irguiendo el pecho – Jasper, regálame ese Mini Cooper en mi próximo “cumpleaños”.
Jasper dejó de reír al instante. Noté el cambio en su expresión, y sonreí satisfecha.
- Vale – me dijo – Te lo regalaré.
- ¡Gracias, Jazz! – exclamé, mientras me le tiraba al cuello. Oí su resoplido.
- Eso no fue justo – protestó, aunque se le notaba resignado, y sabía que la decisión estaba tomada – No vale que uses tu habilidad para temas personales.
Amplié mi sonrisa, disfrutando de la lucha interna de Jasper. Luego, me di la vuelta, habiendo cumplido mi cometido, y dejando a Jasper frustrado frente al Mini Cooper, caminé lentamente por la concesionaria.
Edward estaba parado frente a un S60R Volvo plateado, observándolo detenidamente. Me paré a su lado, y noté que su mirada estaba perdida, y hasta sospechaba que no tenía ni idea qué auto tenía delante.
¿Qué ocurre, Edward?
Edward suspiró.
- No lo sé – contestó, sinceramente – No tengo ni idea de qué está pasando.
Negué con la cabeza.
- ¿No puedes explicarme lo que sientes? – pregunté, dubitativa. Ya había decidido ir suavemente, y no tirármele encima. Si él no quería contármelo…yo no tenía porqué obligarlo. – Quiero ayudarte, Edward, de verdad quiero hacerlo…pero no puedo si no sé que ocurre.
- Es que ni yo sé que me ocurre – murmuró – Si pudiera explicártelo…
Dejé escapar un suspiro, mientras sentía como mi corazón inmóvil se encogía en mi interior. Estaba muy preocupada. Me dolía que Edward sufriera. Lo sentía como mi propio sufrimiento. Si hubiese sido humana, se me hubiese puesto la piel de gallina y las lágrimas hubiesen brotado de mis ojos. Sin embargo, me quedé allí inmóvil, mirándole el perfil, esperando una respuesta. Edward se quedó callado, observando el vacío. Suspiré nuevamente, y puse las ideas en mi mente en orden.
Me duele.
Al oír aquello, sentí como los músculos de Edward se tensaban, y sus labios se fruncían. No me importó. Iba a decirle lo que sentía. De todos modos, podía leerlos en mis pensamientos.
Me duele que no confíes en mi… sé que no es tu intención, y que estás tratando de ahorrarme el entenderte…pero ¿no entiendes que eso me lastima más? Me lastima no saber qué te ocurre, no saber como ayudarte. Siempre me has contado todo. Siempre creí que habías entendido que podías confiar en mí. Ese es mi talento especial, ¿no? Generar confianza. Creía…que tu frialdad ya no contaba conmigo. ¿Acaso me equivoqué? ¿Acaso te molesto al preocuparme por ti?
Edward no me contestó con palabras, pero el abrazo que me dio me sirvió como toda respuesta. Me aferré a su espalda, mientras apoyaba mi cabeza en su pecho. Podía sentir en el ritmo de su respiración que no todo era igual que siempre. Algo había cambiado en él.
No puedo obligarte a que me lo cuentes, Edward…a que confíes en mí, en que podré ayudarte. Es tu decisión, y no voy a interferir en ella. Pero no tienes que hacerlo todo solo. Para eso estoy yo aquí. Eres mi hermano…te quiero demasiado como para dejarte así.
- ¿Sigues tratando de hacerme sentir culpable? – murmuró Edward, aunque pude notar un atisbo de sonrisa en su expresión - ¿Acaso no te alcanza con hacerme sentir que no te puedo devolver estos noventa años de apoyo incondicional que me has dado?
Dejé escapar un bufido. Edward rió entre dientes.
- Ya nos estamos poniendo cursis – se mofó, acariciando el auto. Yo reí por lo bajo, mientras asentía.
- Me encanta hacerte sentir mal – le susurré con ironía. Edward dejó de reír, aunque su sonrisa no se borró. Sus ojos se posaron en la chapa del auto, y pareció que estaba muy interesado en él.
- Gracias, Emily – me dijo. Si la sangre aún corriera por mis venas, me habría sonrojado. Pero me limité a sonreír, y negar con la cabeza.
Cuando quieras.
Edward se irguió.
- Llevaré este – dijo.
Aquella noche, probaba la comodidad de mi cama. Aunque la pura verdad era que daba igual si era dura, blanda, suave…nunca me afectaría la diferencia. Sin embargo, me gustaba encerrarme en mi cuarto y tener “ratos humanos”, como los llamaba Carlisle. Me encontraba sentada sobre mi nuevo acolchado, con un cuaderno entre las piernas, dibujando garabatos. No estaba inspirada para escribir nada. El lápiz se movía de un lado para otro lentamente, sin apoyarse casi. Casi ni me daba cuenta de lo que hacía, sólo oía el rasgar de la mina una y otra vez, de un lado hacia el otro, de arriba hacia abajo. De repente, como si lo hubiera estado esperando, oí ligeros y suaves pasos de hombre en las escaleras. Aquellos eran los de Edward. Antes de que pudiese tocar a mi puerta, dije:
- Pasa, Edward.
La puerta de mi habitación se abrió. Edward se quedó parado, con un pie dentro, y la mano apoyada en la puerta de madera. Yo le sonreí, y le hice un gesto para que se sentara a mi lado. Edward cerró la puerta tras sí, y se tiró sobre la cama.
- ¿Por dónde empiezo? – preguntó, más a si mismo que a mi. Yo me apoyé contra los almohadones en la pared. – Veamos…todo comenzó cuando tú, con tus dos amigas, entraron en la cafetería. Descubrí que tu voz interna estaba más cerca, así que levanté la mirada y las vi. Al principio, me divertía al encontrarte incómoda en esa situación, como si no quisieras involucrarte con ellas más de lo que ya lo habías hecho.
Yo me revolví incómoda. Tenía razón, por supuesto.
- Hurgué en tu mente, dejándote un tiempo para ver si lograbas librarte tú sola. Entonces, ocurrió el accidente…
- Me tocó el brazo – susurré, recordando – Kim…
Edward asintió.
- Me asusté, y hurgué en la mente de tus amigas para ver si habían sospechado algo. Sin embargo, con Kimberly pareció como si te las hubieras arreglado, le ordenaste no tocarte…y ella, como era lógico, no dudó de tu decisión. Y luego, la convenciste de que no estabas acostumbrada a ello…y ella te creyó. Y no lo volvió a pensar. Sin embargo, Pilar…
- ¿Qué? – lo interrumpí, casi sin darme cuenta - ¿No me creyó? ¿Sospechó algo?
Sin embargo, Edward negó con la cabeza. Aquello me confundió aún más.
- No pude leerle los pensamientos.
Aquella frase me dejó congelada. Y eso que era difícil, puesto que no hay piel más fría y dura que la mía…si lo que tengo puede llamarse piel. Abrí la boca sorprendidísima, sin caer en lo que acababa de decirme.
¿Qué? ¿Cómo que Edward no había podido leerle los pensamientos? Nunca había oído de algo así. ¿Cómo podía ser posible? Edward era capaz de leerle la mente a cualquiera, mismo aunque no quisiera hacerlo. ¿Quién rayos era María Pilar Masen?
- Al principio, pensé que tal vez tenía una voz interna tan suave que no podía oírla – dijo, al ver el rumbo de mis pensamientos, sabiendo que no era capaz de producir ningún sonido – Así que traté de enfocarme en ella…sin embargo, nada. No pude oírle ni un atisbo de pensamiento. Aquello me asustó. Me dejó pensativo. Solo era una simple humana… ¿Cómo podía ser que no funcionara mi lectura de mentes en ella? ¿Qué era ella? ¿Por qué era distinta a los demás? Me dejó absorto. Tan absorto en mis propios pensamientos, que no me di cuenta de que ustedes se alejaban de mi vista, hasta que oí mi propio nombre pronunciado por tus labios. Luego dijiste: “¿Qué hay con mis hermanos?”, y por el tono de tu voz, supe que me tocaba intervenir. Tal vez, un poco más de cerca podría al menos oír algo de ella. Sin embargo, cuando me senté, mis esperanzas se esfumaron. Nada. Su mente estaba tan callada como una muñeca de porcelana. Me estresaba no saber lo que pensaba. Quería saberlo, necesitaba saberlo… entonces, me preguntó algo…como si lo hubiera pensado antes. Pero no lo había hecho, porque en caso contrario, yo podría haberlo escuchado… No lo entendía. Realmente no lo entendía. Y de repente…lo sentí.
- ¿Qué sentiste? – pregunté, sin contenerme. Edward suspiró.
- Una ráfaga de viento atrajo su olor hacia mí. Era un olor como nunca había sentido. Dulzón, fuerte…y tentador.
Sentí como sus ojos brillaban ante la mención de este. Abrió sus labios ligeramente, mostrándome un atisbo de sus dientes. Tragué con fuerza, sintiendo miedo ante la aparición del monstruo interno de mi hermano. Aquella chica estaba sacando lo peor de él.
- Sólo un día – susurró, mientras dejaba flojo el pecho y cerraba los ojos – la vi una sola vez en mi vida, y ya amenaza mi existencia y mi autocontrol. No lo entiendo…
Dejó caer su cabeza entre las manos, con los codos apoyados en las rodillas. Me hacía terriblemente mal verle tan decaído, tan desanimado, tan contrariado, tan fuera de sí… rodee sus hombros con mis brazos, mientras lo aferraba en un cálido abrazo, y apoyaba mi cabeza en la suya. Quería llorar. Por primera vez en noventa años, quise ser humana. Quise volver a mi naturaleza antigua para compartir su sufrimiento, para poder llorar por él…
Edward negó con la cabeza, y recobró la compostura, aunque en su expresión continuaban reflejándose la desdicha y humillación que todo esto le causaba.
- No sé qué debo hacer – susurró, mientras me devolvía el abrazo – No se si podré volver a verla… ¿qué pasa si en nuestro próximo encuentro no me controlo?
- No te dejaré – le prometí. Me causaba un enorme pesar no entender por lo que estaba pasando, porque jamás me había ocurrido una cosa así. Nunca había conocido un olor que para mí fuera especial. Sabía que era considerada por la sociedad un monstruo, así que jamás me había acercado a un humano lo suficiente como para matarlo. Y estaba muy orgullosa de ello. – Escucha, Edward…si tienes que irte, iré contigo. No voy a dejarte solo.
Edward volvió a negar con la cabeza.
- Imagina el pesar que le causarás a Esme – murmuró, con un atisbo de sonrisa en su rostro, aunque sus ojos no acompañaban ese gesto de satisfacción – Ya le dolerá que un hijo la deje, imagina dos… ¿y dejar a Carlisle solo con Rosalie y Jasper? Jamás se me cruzaría por la cabeza. No, tú debes permanecer aquí. Si en algún momento tengo que irme, me iré solo.
- ¿Has hablado con Carlisle? – le pregunté. Carlisle seguro era el más sabio con respecto a este tema. Noventa años de existencia no eran comparables con cuatrocientos. Edward negó con la cabeza.
- Planeaba hacerlo esta noche – me confesó – Él será la decisión final.
Yo le sonreí para infundirle ánimos. Sin embargo, sentía como un enorme agujero en mi pecho se iba abriendo poco a poco. El agujero de la desesperación. Si Edward se iba…no sabía si podría soportarlo. Iba a extrañarlo demasiado. Recordé cuando tuvo su etapa rebelde, y abandonó nuestra familia para vivir como un vampiro nómada. Le duró sólo cuatro años, pero fue lo suficiente como para que sintiera un vacío tan grande que mi existencia se hizo completamente inútil. Extrañaba a mi hermano. Casi salgo a buscarlo, si no era porque estaba preocupada por el sufrimiento de Esme.
Edward sonrió al leer mi recuerdo.
- Sí…la adolescencia vampírica – se mofó – Tengo sed. ¿Vamos a cazar?
Yo acepté de buena gana. Hacía ya una semana que no cazaba nada…y tenía la leve esperanza de que estar bien alimentado podía hacer que Edward superara su problema.
Sin embargo, la imagen de Pilar no se borró de mis pensamientos. Su sonrisa extrovertida y ligera, sin saber nada de lo que ocurría, sin tener idea de sus capacidades para lastimar y tentar vampiros inocentes. La bronca se esparció por mi cuerpo, casi inconscientemente. Aquella chica, quien quiera que fuera, estaba haciendo sufrir a mi hermano. Pero a la vez, un nuevo sentimiento apareció: la curiosidad. Quería saber qué era lo que la hacía tan especial. Y no tardaría en averiguarlo, de eso podía estar segura.
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