Por Kim.
Miré hacia atrás a ese grupo de chicos. Debían ser nuevos, no podía ser que los hubiéramos visto antes. Luego corrí mi mirada, extrañada, a Pilar, mientras ella inspiraba profundamente. Esperaba que ella comenzara a hablar sobre el chico que la había salvado de romperse la cabeza. Pero no fue el caso. Ella simplemente siguió caminando, como si nada hubiera pasado, pero con un extraño brillo de ausencia en sus ojos.
-¿Estás bien? –le murmuré, colocando mi mano en su hombro.
-¿Por qué tendría que estar mal? Estoy bien, solo…me enredé con mis propios pies.
-Ahá… -dije yo, negando con la cabeza y mirándola fijamente, casi sin parpadear.
-Kim, ¿por qué me miras así?
-Dilo –susurré, con una pequeña sonrisa en mis labios.
-¿Qué cosa?
-¡Ay, vamos Pi! –no pude contenerme y solté una risa. –Sé que estás intentando parecer madura y no hacer ningún comentario al respecto, pero sé que te estás muriendo de ganas…
-¿Qué? No, para nada –Pilar pestañeó varias veces, sonrojándose. Yo no saqué la vista de mi amiga. –Kim, basta.
-Vamos, Pi… -susurré. –Tarde o temprano vas a decirlo… “¡Oh por Dios! ¿Viste a ese chico? ¡Por todos los cielos, es hermoso!” –imité la voz que ponía mi amiga siempre que veía un chico atractivo, pero ella simplemente negó con la cabeza.
-No, Kim –Pilar se ruborizó. –No pensaba decirlo –Pilar se detuvo frente a un bloque de casilleros y abrió el suyo, mientras dejaba una enorme carpeta y sacaba dos libros, antes de cerrarlo. –Vamos a clase…
-¿Pilar, desde cuándo…? –yo no tenía palabras. Esa no era mi amiga. Amaba muchísimo a mi amiga, pero había que admitirlo. Era de las más grandes babosas que existían en el mundo.
-Es que Kim…con él fue…diferente…
-¿Diferente en qué sentido? –pregunté con una sonrisa. –Vamos, Pi… No todas los días te salva la vida un chico que parece ser hijo de Afrodita…
-¿Afrodita? –una grave voz calmada pero con una disimulada nota de diversión y curiosidad se oyó a mis espaldas y noté la oculta sonrisa de Pilar. Me giré y vi a quien, en mi opinión, más que ser hijo de la diosa de la belleza y el amor es esas dos cosas, personificadas.
-Hola Remus… -suspiré, mirando al chico con una enorme e involuntaria sonrisa. Remus Lupin era el amor de mi vida, y yo era el amor de su vida. Salvo que él no lo sabía…aún. Remus era simplemente perfecto, tanto por fuera como por dentro.
Era alto, de cabello castaño claro y lacio. Su piel blanca, siempre pálida y con unas ojeras debajo de unos ojos color miel, con extraños resplandores dorados, pero completamente diferentes a los ojos de aquel grupo nuevo. Muy lejos de ser robusto debajo de su camisa blanca se notaban unos trabajados, aunque no en exceso, músculos. Él es uno de esos chicos que no se encuentran fácilmente. Maduro, inteligente, siempre pensando en hacer lo correcto, sin importarle a quién concerniera. Sabía mantener la calma, y muy pocas cosas lo hacían perderla. Lo que me fascinaba de él, y lo había hecho desde el principio, es que era completamente opuesto a mí, pero a pesar de eso nos llevábamos muy bien. Yo lo conocía muy bien, y él también. Pero esa cercanía que teníamos en nuestra relación tenía sus pros y sus contras. Era odioso pensar que como pareja seríamos perfectos juntos, pero había un diminuto detalle…
-¡Remus! –un joven un poco más alto que Remus, de ultra lacio cabello negro azulado y penetrantes ojos grises se acercó. -¿Qué…? –me vio y frunció su entrecejo. -¿Qué miras, enana?
-¿A quién le dices enana? –dije, apretando los dientes y mirándolo con profundo enojo.
-Espero que no a mí –murmuró Pilar, colocándose a mi lado. Me recordé agradecerle a mi amiga por eso. -¿Qué tal, Sirius?
-Remus, tendríamos que irnos –Sirius Black, alias “El mejor hermano del mundo” me miró perspicazmente. –Tenemos clase.
-Si, pero Remus y yo estábamos hablando –no se puede llamar “hablar” a un intercambio de miradas, pero no importaba. Mi hermano mayor sabía que yo estaba enamorada de Remus, pero era tan egoísta y celoso que no quería que Remus y yo tuviéramos nada que ver.
-Mañana trae a Teddy para que hables con él –me dijo bruscamente Sirius. Inspiré profundamente. ¡No podía ser tan malo como para mencionar a mi oso de felpa favorito! –O te podrías traer al otro, el que es un lobo grandote… ¿Cómo se llama?
-Tengo esos muñecos solo por decoración –interrumpí fríamente a mi hermano.
-¡Cómo si no los abrazaras por la noche! –bufó Sirius.
-¡No duermo con osos de felpa! –me defendí. Eso era verdad: no lo hacía. Solo los colocaba sobre mi cama.
-¡Bueno, llegamos tarde a clase! –Pilar me tomó del brazo y me arrastró del brazo, mientras me llevaba al baño. -¡Dios, Kim! ¡Estás toda roja! –yo fruncí los labios y arrojé mi mochila sobre la mesada del baño. -¡Respira! –exclamó mi amiga. Yo inspiré y cuando pude relajarme, me contemplé en el espejo. Pilar tenía razón: mi rostro estaba sumamente enrojecido, parecía una frutilla. Bufé y me acomodé el lacio cabello castaño claro, antes de pasar con cuidado el índice por debajo de mis ojos avellana, intentando no correr el delineador. -¿Mejor?
-Si… Vamos a clase –murmuré. –Qué pedazo de idiota… -susurré, mientras salíamos y nos dirigíamos a clase. -¿Por qué me hace eso? Sirius sabe cuánto me gusta Remus…
-Porque es tu hermano mayor –dijo Pilar con dulzura, y me sentí como una niña de tres años. –Y los hermanos mayores quieren que sus hermanas menores se hagan monjas y nunca en la vida tengan una pareja. Sobretodo si es hombre porque él es hombre y sabe cómo los hombres pueden ser.
Bufé, mientras entrábamos a nuestra clase de español. Ya estaban todos allí y la profesora, la señora Brightman, estaba tomando lista.
-Señorita Masen, señorita Black –nos miró por encima de sus anteojos rectangulares. –Llegan tarde.
-Lo siento, profesora –dijo Pilar, sonriendo angelicalmente.
-Pero…justo a tiempo. Estábamos hablando sobre quién será el tutor de nuestra nueva alumna, la señorita Cullen –con Pilar levantamos la vista y vimos en la tercer fila, sentada con aspecto de completa seriedad y concentración a la misma muchacha que se encontraba con el chico que había chocado a Pilar. –No creo que haya inconveniente –la mujer había pensado que eso nos molestaría. Todos sabían que la señora Brightman era una de las personas más amargadas y odiosas del mundo.
-Para nada, profesora –saltó Pilar, y tuve que contener una risa. Sabía en qué había pensado Pilar.
-Bien… ¿Por qué no se sientan junto a ella? -¡Cómo si eso nos molestara tanto!
Con Pilar asentimos y avanzamos hacia la tercera fila, mientras ella se sentaba en el banco junto a la muchacha y yo detrás de ella.
-Soy Pilar Masen –sonrió Pilar, mientras le tendía la mano. La muchacha la miró fijamente y sonrió, pero no estrechó su mano.
-Emily –dijo con una aguda y dulce voz. –Emily Cullen.
-Kimberly Black –sonreí desde mi lugar, inclinándome hacia delante. Me sentía un poco idiota, de seguro por el hecho de que Emily me intimidaba bastante. Ella era…rara. Pero en un buen sentido. Era rara porque no era como ninguna persona que yo hubiera visto antes. Su largo cabello castaño oscuro tenía unas ondas perfectas y caía con mucha naturalidad sobre su espalda. Sus ojos dorados eran extraños pero muy bellos. Ella simplemente era muy hermosa, ahí otro motivo por el cual yo me sintiera intimidada. Pero a pesar de ser tan inhumanamente bella, la sensación que me provocaba al estar junto a ella era…extraña. Me hacía sentir segura; me transmitía un sentimiento de confianza, de seguridad, de tranquilidad… pero al mismo tiempo sentía que me encontraba frente a alguien malvado. No tenía mucha lógica… Quizás todo eso se debiera a mi personalidad histérica y bipolar. No lo sé. Pero de algo estaba segura: Emily no era normal. Una persona no podía ser tan atractiva (no en un modo erótico o amoroso, sino…atractivo como…magnético) y al mismo tiempo tan repulsiva. ¿Cómo es posible sentirse a salvo con una persona que te hace sentir que tendrías que alejarte?
-Un placer –respondió con amabilidad Emily. –Oigan –murmuró. –Sé que la profesora Brightman dijo que ustedes debían guiarme, pero…no lo hagan si no quieren. No es necesario, ya me han mostrado la escuela.
-¡No, no! –sonrió Pilar, negando con la cabeza. –Me encantaría hacerlo. Me encanta hacer amigos nuevos.
-Sobretodo con hermanos así –murmuré para mí, en un tono de voz tan bajo que ninguna persona me hubiera oído, mientras me alejaba y apoyaba en el respaldo de mi asiento. Pero Emily se giró de golpe y me escudriñó con sus preciosos ojos dorados. Maldije para mí misma en mi interior y puse la sonrisa más convincente que pude. Emily se quedó congelada durante una milésima de segundo, y luego tensó los músculos de su blanco y bello rostro, dedicándome una dulce sonrisa, antes de volver a girarse haciendo mover su cabello del modo que se hace en las publicidades de shampoo, con la excepción de que su movimiento fue totalmente natural.
Pilar me miró y frunció el ceño, confundida, pero luego se encogió de hombros y se giró hacia Emily, mientras comenzaba a preguntarle por sus gustos, actividades, y todas esas cosas que llevarían de seguro a hablar de su familia.
-Oigan… -murmuró Emily con su suave voz. –Yo voy a almorzar con mi hermano –dijo, mientras giraba al entrar a la cafetería y deseaba caminar hacia una mesa donde estaba sentado solo el nuevo amor de Pilar.
-¿Qué? ¡No! ¡Vamos, Emily! –sonrió Pilar angelicalmente. -¡Quédate con nosotras!
-No, le dije a mi hermano que…
-¡Vamos, Emily! –sonreí, tomándola del antebrazo. Para mi sorpresa, Emily levantó su brazo casi de un modo violento, tan violento que casi me golpea en el rostro y pude sentir una fuerte ráfaga de aire en mi mejilla. Sentí como mi corazón latía con fuerza al mirar mi mano y sentirla fría. A pesar de que Emily traía un grueso sweater (estábamos en enero), pude notar que su piel era increíblemente dura… y fría.
Sentí como mi corazón se detenía al ver la mirada que Emily me dirigió: una profunda mirada severa, de disgusto, de desconfianza.
- ¡No me toques! - saltó ella, perdiendo los estribos. Sentí como mi estomago se revolvía y algo oprimía mi pecho. No sé qué sucedió, solo comprendí una cosa: no debía tocar a Emily. Era algo sumamente importante. Una nueva regla. Una regla que no se podía romper. No sé qué me dio esa impresión… ella pareció notarlo, ya que bajó la mirada.
- Yo...lo siento - se disculpó - No estoy acostumbrada a este tipo de contacto, tan... físico. No soy una persona muy cálida - ¿Acaso fui la única que comprendió el doble sentido de esa frase?
-Emily –dijo Pilar, dudando. –Eh… ¿Te importaría quedarte con nosotras un rato? Si quieres no te tocamos… Pero… -Emily nos miró severamente, y luego asintió.
-No almorzaré con ustedes. Discúlpenme –murmuró. –Almorzaré luego con mi hermano. Pero las acompañaré…
Asentimos en silencio, mientras nos colocábamos en la fila. Debía sacar un tema, romper el hielo. Se había formado un silencio incómodo.
-¿Cuántos hermanos son en tu familia, Emily? –pregunté disimuladamente. Sentí que Pilar sonreía disimuladamente, agradecida de no tener que preguntar eso y no ser tan obvia con respecto al muchacho que le había salvado la vida.
-Pues…somos cuatro. Jasper, Rosalie, Edward y yo –respondió Emily en voz baja, mirando de reojo hacia el otro lado de la cafetería donde Rosalie estaba sentada, rodeada de un grupo de chicas de tercer año.
-Pero vi esta mañana a tu papá… -dije yo, frunciendo mis labios. –No le doy más de treinta años…
-Ah –murmuró Emily, moviendo incómoda la cabeza.
-Lo siento, no tienes que responder eso –dije yo, sonrojándome. Seguía bastante intimidada frente a Emily.
–Parece que tu hermana no tuvo dificultad en conseguir amigas –dijo Pilar, intentando cambiar de tema.
-¿Rosalie? –Emily se giró y una divertida sonrisa invadió sus finos labios. –No, para nada…
-Es la típica escena de las películas –sonrió Pilar. –Acaba de llegar y parece que ha emergido una nueva reina entre las chicas populares de tercero… -miré por encima de mi hombro como todos los miembros de ese grupo miraban maravilladas a Rosalie.
-Pues…mi hermana es así –dijo Emily, mientras Pilar colocaba una botella de agua en su bandeja y comenzábamos a dirigirnos a una mesa casi vacía. –Le gusta que la gente la alabe… -Noté como Rosalie alzaba la cabeza y nos miraba. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Noté como mis mejillas enrojecían y mi respiración se alteraba. Rosalie no bajó la mirada y continuó mirándonos. No era posible que hubiera oído todo eso a tanta distancia. Era seguro: yo estaba demasiado paranoica. Tal vez debería dejar de mirar series de televisión como “Supernatural”… Me perturbaban demasiado…
-¿Y qué hay de Jasper? –preguntó Pilar, mientras abría la botella de agua y se la llevaba a los labios.
-¿Qué hay con Jasper? –preguntó con inocencia Emily, aunque sentí como un frío brillo de desconfianza aparecía en sus ojos.
-¿Por qué está con Emmett? – pregunté, viendo como Jasper se sentaba en una mesa junto al hermano mayor de Pilar, un muchacho muy alto y musculoso de rizada cabellera negra.
-¿Emmett? –preguntó Emily, alzando una ceja.
-Es mi hermano mayor… -explicó Pilar. –Tengo dos hermanos. Emmett, está en tercero… Y Alice, que es mi melliza…
-¿Y tú, Kim? –preguntó Emily, mirándome perspicazmente. Tenía la vaga impresión de que quería cambiar de tema.
-No quiero hablar de mi hermano –murmuré, mientras me cruzaba de brazos. –Cuéntanos de tu familia, debe ser mucho más normal que la mía… Mi familia es una familia disfuncionalmente chiflada…
-Créeme que dudo que supere la mía –murmuró Emily, más para sí que para mí.
-¿Y Ed…gard? –sabía muy bien que Pilar había dicho mal el nombre a propósito, intentando disimular.
- Edward –corrigió fríamente Emily. -¿Qué hay con mis hermanos?
- Nada, solo…c-curiosidad –titubeó inocentemente Pilar. –Y Emil… -de repente vi como Pilar abría su boca y una boba sonrisa cruzaba su rostro, mientras uno de los hermanos de Emily se acercaba. Era él: el chico de Pilar (por así decirlo…). –Oh… -menos mal que Pilar ya estaba sentada, porque sino de seguro se hubiera tropezado.
-¿Les importa si me siento? –dijo el muchacho con una grave voz aterciopelada. Pilar negó con la cabeza, con la boca ligeramente abierta, y Emily se hizo a un lado.
-El es…Edward –dijo, y por un momento temí que dijera “Edgard”. Me pareció ver cómo Edward hacía un gesto con la cabeza, mirando fijamente a Pilar, con…desconfianza. –Ella es Kimberly –apenas me miró pero pude notar el dorado intenso de sus ojos, igual al de Emily. –Y ella es…Pilar. Pero creo que…ya se conocían.
Edward ni siquiera parpadeó, y vi como su rostro se tensaba mientras se desplazaba disimuladamente hacia la derecha, lado contrario al de Pilar.
-Oye, Edward –comenzó Pilar, sin perder su sonrisa, aunque se la notaba ligeramente nerviosa. –Gracias por lo de hoy. Nunca te lo terminé de agradec…
-No fue nada –interrumpió con suavidad Edward, aunque pude notar la indiferencia en su voz. Pilar murmuró algo incomprensible en voz baja y bajó la mirada, mientras se sonrojaba. -¿Todo anda bien, Emily? –susurró Edward en voz tan baja que casi ni lo oigo. Ella asintió ligeramente con la cabeza. –Oye…Acabo de hablar con Jasper y Rosalie… ¿Vamos a almorzar?
-¿Dónde van a almorzar? –salté. No lo hice a propósito, fue un simple impulso. Miré por la ventana Afuera nevaba y no había otra sala para comer.
Edward y Emily posaron en mí sus grandes ojos dorados y sentí como comenzaba a faltarme el aire. De repente me sentí como si los acabara de delatar, me sentí amenazada por esos cuatro ojos dorados que me miraban severamente.
-Afuera –respondió Emily. –Vamos a hacer un muñeco de nieve –no sonó muy divertida ni convencida, pero no me importó. Yo simplemente asentí, demasiado intimidada como para decir algo más.
-D-De acuerdo –murmuré. –Ad-diós…-Emily y Edward se pusieron de pie y se alejaron y yo tragué con fuerza, sintiendo como mis manos temblaban. ¿Por qué me había asustado tanto?
-¿Afuera? ¿Con este frío? Sí que están locos… No comprendí porqué E-Edward me miró así… ¿Dije algo malo? –negué con la cabeza y oí el bufido de mi amiga. -¿Y a ti? ¿Qué bicho te picó?–me preguntó mientras yo veía como Rosalie y Jasper se acercaban a Emily y Edward y los seguían hacia la salida de la cafetería.
-Es lo que me he preguntado con respecto a Kimberly desde el día en que la conocí… -dijo una grave voz, y Emmett, el siempre tan divertido y simpático hermano mayor de Pilar se sentó junto a ella, haciendo como si reflexionara sobre algo sumamente importante y complicado.
-Ja ja, Emmett… Muy divertido… Me río de Janeiro –murmuré, frunciendo los labios.
-¡Qué mal chiste! –saltó Emmett. –Tendrías que aprender del maestro, Kim…
-Bueno… En ese caso, cuando vea a un maestro, le pediré que me dé algunas lecciones… -sonreí. Era imposible preocuparse con Emmett alrededor. De algún modo y otro, siempre terminaba animándote. Pilar soltó una carcajada y Emmett me miró con malicia.
-Qué lista, Kimmy… Debe de ser la primera vez en tu vida que me ganas en algo… No te acostumbres porque no durará…
-Emmett, cierra el pico –sonreí, negando con la cabeza y llevándome a la boca un bocado de mi almuerzo. –En fin… -murmuré, mientras tragaba. -¿Qué tal el chico nuevo?
-¿Jasper? –Emmett alzó sus oscuras cejas. –No sé… Es medio rarito… Un poco amargo… Me senté con él en clase. Respondía del modo más monosílabo que podía… Se sobresaltaba por todo, no quería que nadie lo toque…
-¿Qué haces tú juntándote con alguien así? –sonrió Pilar, dándole un gran mordisco a una manzana. –Eres la persona más…eh…sociable del mundo –Pilar dudó antes de decir sociable. No porque su hermano fuera antipático, sino porque, por el contrario, era la persona más bromista del mundo. Siempre riéndose. No con los demás, sino de ellos. Y muchas veces era divertido. Algunas no tanto.
-Por eso, hermanita –sonrió Emmett. –No va a ser amargo por mucho tiempo. Cuenten con eso.
-Quiero ver eso –sonreí.
-¿Apostamos? –sonrió Emmett, alzando sus cejas y mirándome con malicia.
-Emmett, algún día te vas a meter en problemas. Deja de apostar por todo –sonrió Pilar.
-Bien –yo me incliné hacia delante, mirándolo fijamente. –Si yo gano…
-Tendrás que entrar en nuestra clase de Brightman y hacer lío. Mucho lío. Podrías bailar sobre el escritorio, o alguna cosa así… -saltó Pilar, divertida.
-Considéralo hecho –dijo Emmett, como si fuera fácil. –Recuerdo que el año pasado Brightman quiso suspenderme… Tal vez lo logre este año… En fin, Kim… Si yo gano, voy a volverme la persona más divertida del mundo contigo…
-Qué terrible –susurré, ironizando.
-…sobretodo cuando cierto castaño se encuentre a mi alrededor…sin importar cuán lejos tú estés… Y no vale que me regañes o me histeriquees…
-¿¡QUE!? –exclamé, con mi voz una octava más arriba. Pilar se atragantó con la manzana y comenzó a toser, mezclando su tos con una risa mientras enrojecía. Emmett le palmeó la espalda con tanta fuerza que ella casi se cae hacia delante, pero aunque sea sirvió para ayudarla.
-Gra…cias –susurró, roja, sin poder dejar de reírse. -¡Ay no! ¡Yo quiero ver eso! –chilló. Le dediqué una profunda mirada de disgusto, y ella carraspeó. –Es decir…¡Quiero verte bailando en el escritorio de Brightman!
-Pilar, se supone que eres mi amiga.
-Pero yo soy su hermano –Emmett me miró con sus ojos azules. -¿Tenemos un trato? –yo fruncí mis labios nerviosa. Emmett hizo un ruido extraño, como una gallina y amplió aún más su sonrisa. Nadie me llamaba cobarde.
-Agreguemos algo. Si yo gano, nada de chistes a costa mía frente a “cierto castaño”.
-Bien –murmuró Emmett.
-¿Una semana de plazo? –pregunté.
-Lograré que vaya a la fiesta de Luke Williams y que se note que fue. ¿Es suficiente para ti?
Luke Williams era un muchacho de tercero que cada año hacía una gran fiesta para su cumpleaños, en no más de dos semanas.
-Hecho –estreché su mano por orgullo, casi inconscientemente.
-¡Cómo me voy a divertir! Iré pensando cada una de las bromas que haré… -sonrió con malicia. Pilar se mordió el labio, mirándonos como si mirara un partido de tenis. –Bueno, ya me voy… No sea cosa que me vean hablando con niñas como ustedes.
-¿Niñas como nosotras? –dijimos Pilar y yo al unísono.
-Es que ustedes son tan chiquitas…
-Bueno, no es nuestra culpa si la genética te dio el tamaño de un gorila –bufó Pilar.
-Y a ti el de un duende. Ah, no… Tú no eres el duende –sonrió. –Por cierto… ¿Dónde está el duende?
-El “duende” tiene nombre. Se llama Alice y es tu hermana –bufó Pilar. –Mi melliza. Y no es un duende. Solo…
-Soy chiquita, lo sé –dijo una cantarina voz. -¿De qué me perdí? –Alice se sentó con mucha gracia a mi lado, mirándonos felices. -¿Acaban de apostar, verdad? –dijo, mirándonos a mí y a Emmett, quien soltó una risa y le susurró en pocas palabras en que consistía nuestra apuesta. –Mira qué divertido… -sonrió Alice. –Tengo la ligera impresión de que Emmett lo logrará… Lo siento, Kimmy…
-Gracias, Alice –mascullé.
Golpee la mesa por debajo. Alice tenía una intuición genial. En ese momento no se me ocurrieron demasiados ejemplos, pero los más comunes eran adivinar qué haría un contrincante en el “piedra, papel o tijera”, intuir las jugadas en algún deporte, se aventuraba a pronosticar el clima o cuándo habría algún examen sorpresa, dependiendo del profesor. Se podría decir que tenía un Sexto Sentido fenomenal.
-Eres de gran ayuda –susurré.
-Lo siento –se sonrió a modo de disculpa. -¿Alguna me acompaña a la biblioteca? Debo buscar un libro para mi clase de francés…
-Bien sûr –sonreí, mientras Pilar se ponía de pie y seguía a su melliza.
A decir verdad, eran bastante diferentes, aunque tenían unas pocas similitudes. A diferencia de Emmett, Pilar y Alice eran mucho más pequeñas. Pilar tenía el cabello castaño, ondulado y largo, mientras que Alice lo tenía negro, al igual que Emmett, pero corto y muy alocado. Los tres tenían ojos azules, aunque los de Emmett eran más oscuros que los de las dos mellizas, cuyos ojos eran más claros, casi cristalinos.
-¡Recuerda, Kim! –me gritó Emmett desde el otro lado de la cafetería, y me di cuenta de que muy cerca de mí estaba sentado mi hermano con Remus y un par de amigos más. Intenté restarle importancia y apresurar el paso, pero fui tan rápido que choqué a Pilar quien casi cae al suelo.
-¡Kim! –me recriminó, recobrando el equilibrio. Mientras me disculpaba, Alice soltó una suave risa.
-Qué pena que el chico nuevo no estuviera nuevamente cerca, ¿no Pi? –Pilar enrojeció y la miró boquiabierta.
-¡Mary Alice Man…! –comenzó mi amiga, pero Alice se encogió de hombros.
-No hables como la abuela, Pi… Las voces se corren… Ya todos saben de tu nuevo amor… -y tras decir eso, apuró su paso grácil dejándonos atrás. -¿Cómo que las voces se corren? ¡Alice! –chilló Pilar. -¿¡Qué amor!? -Yo retrocedí para contemplar la escena, divertida, pero un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo al notar sobre nosotras cuatro pares de ojos dorados, mirándonos desde el otro lado del pasillo.
sábado, 27 de diciembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario