Lejanamente, como si se encontrara a miles de kilómetros de distancia, oía las fuertes y chillonas quejas de Rosalie. No prestaba atención a sus palabras, ya que hace una hora que repetía lo mismo, sentada en el suave asiento del Mercedes. Sentía el brazo de Edward alrededor de mi hombro, mientras me estrechaba con fuerza. Jasper fingía dormir con la cabeza apoyada en mi otro hombro, respirando con fuerza excesiva, como si de esa forma lograra despejar el zumbido que generaba la voz de su melliza en sus oídos.
- ¡No quiero mudarme! ¡No otra vez! ¡Ya había logrado formar una vida, como en todos y cada uno de los lugares por los que hemos pasado! ¡Aún no había terminado nuestro tiempo, podíamos quedarnos algo más! ¡Todo esto es culpa de Edward! ¡Mamá, dile algo a Papá! ¡Esto no es justo!
- Ya cállate, Rosalie, por favor – pidió Edward con mucha educación. – Después de un rato te vuelves insoportable.
Yo reí entre dientes. Rosalie nos fulminó con la mirada, abrazada al asiento del conductor.
- Rose, Edward no tiene la culpa de nada, cariño – trató de calmarla suavemente Esme, mi madre – Y tu padre tampoco. Edward ha hecho lo que pudo por liberarse de esa chica que lo perseguía, pero ella sospechaba…y mejor prevenir que curar, ¿no crees?
- No tiene la culpa de ser tan guapo, de eso estamos seguros – dijo Jasper con voz ronca, sin quitar la cabeza de mi hombro ni abrir los ojos. Edward puso los ojos en blanco. Rosalie se enfurruñó, pero se rindió finalmente, y se apoyó en el respaldo con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.
- Rose – la llamó Carlisle, mi padre, desde el asiento del conductor – Sabes como vivimos. Sabes que no podemos llevar una vida normal. Cuando debemos mudarnos…debemos hacerlo. No importa el por qué fuere…debemos hacerlo. Como ha dicho Esme…mejor prevenir que curar. Un término muy adecuado para un médico, ¿no crees?
Rosalie no contestó, y se dedicó el resto del viaje a mirar por la ventanilla. Yo entendía como se sentía: ser un vampiro nunca había sido sencillo, ni siquiera para nosotros. Mientras reflexionaba acerca de nuestra vida, apoyé mi cabeza sobre la de Jasper, y cerré los ojos. Sabía que jamás podría “dormir”, pero al menos podría alejar mi mente de allí. Cuando volví a abrirlos nos encontrábamos estacionados frente a una enorme casa de madera, al estilo moderno, llena de ventanales y algo elevada, en el medio del bosque. Parecía tener tres pisos, y ser muy iluminada. Aunque solo la veía desde afuera, parecía el estilo de casas que me gustan.
- Esta algo alejada del pueblo – dijo Carlisle, mientras descendía del auto – pero pensé que les gustaría…
- Es hermosa, papá – dije, sinceramente. Pude ver de reojo la sonrisa de Esme. Edward me ayudó a bajar del auto.
- ¿Una carrera hasta la casa? – me ofreció Jasper, sonriente. - ¡A que elijo la mejor habitación!
Yo corrí, porque cuando llegó Jasper, siempre se había quedado con lo mejor de la casa. Entré, y en tres segundos había recorrido la casa entera. Era preciosa, exactamente como yo la imaginaba: Suelos de madera, ventanales que la iluminaban, paredes blancas…
- ¡Yo quiero esta! – exclamé, tocando la puerta de una de las habitaciones del segundo piso, la segunda a la izquierda.
- Enfrente es mi escritorio – mostró Carlisle, mientras abría las puertas. Edward tomó el dormitorio al lado del mío, y Jasper el que estaba al final del pasillo. Rosalie decidió irse al tercer piso y tomó el dormitorio más grande, pero menos iluminado, y Esme el que estaba al lado de Carlisle. – Voy a darles un rato para acomodarse, y en un rato los llevaré a conocer la escuela a la que asistirán.
- ¿Escuela? – preguntó Jasper – Pensé que Rosalie y yo iríamos a la universidad… estamos cerca de Oxford, ¿no? Y de Cambridge… y hasta en esta misma ciudad está la universidad de Cumbria.
- Estarán en el ultimo año de instituto – explicó Carlisle, serenamente – Así nos aseguramos aquí unos…cinco, seis años…si no tenemos problemas, claro.
Jasper se encogió de hombros, se dio la vuelta, y bajó las escaleras. Yo lo imité: quería acomodar mis cosas rápidamente, así nos apurábamos con todo ese trámite de conocer la nueva escuela.
En diez minutos, habíamos terminado. La fuerza y velocidad de un vampiro no puede compararse con la de un humano: ese era uno de los puntos fuertes. Observé detenidamente mi nueva habitación: la cama de una plaza y media apoyada contra la pared derecha, y el respaldo en la del fondo, con todos mis muñecos de peluche encima. El escritorio a un lado, pegado al ventanal, con el ordenador y mis cuadernos, carpetas, libros y útiles. El puff en la esquina izquierda inferior, frente a la biblioteca y el aparato de música, y la gran alfombra en el centro. Aún debía pintar las paredes e instalar las cortinas, pero de eso se encargaba Esme. Entendía que mi madre mucho para hacer durante el día no tuviese, y por lo tanto le gustaba ocuparse de la decoración de la casa… ni siquiera podía cocinar porque, ¿quién lo iba a comer?
Inspiré y exhalé el inútil aire satisfecha, y bajé corriendo las escaleras. Rosalie y Jasper me esperaban allí. Jasper estaba sentado sobre el sofá recién instalado, y había encendido el plasma. Rosalie miraba todo enfurruñada, con los brazos cruzados y tamborileaba con el pie.
- ¿Dónde está Edward? – pregunté. Rosalie señaló hacia la puerta de vidrio a su izquierda, que llevaba al único balcón, el del subsuelo, con una mini escalera que daba al jardín. En ese suelo de madera habían instalado el piano de mi hermano, donde él estaba sentado tocando. Atravesé la puerta corrediza de vidrio con una sonrisa en el rostro: adoraba cuando Edward tocaba el piano. En aquél momento reconocí la canción: Chopsticks, de Mozart. Me senté a su lado, mientras oía con mucho placer la perfecta combinación de notas, observaba el rápido movimiento de los dedos largos y pálidos del pianista, al son de cada uno de los sonidos. Cerré los ojos: de esa forma mi escucha se agudizaba, y podía disfrutarlo más aún. Edward continuó tocando, sin inmutarse por mi presencia. Él, más que nadie, sabía cuanto me gustaba. Sentí levemente la presencia de Esme a nuestras espaldas, pero no cambié mi posición. Finalmente, demasiado rápido para mi gusto, Edward tocó la última nota.
- ¿Estrenando piano? – preguntó la dulce voz de Esme. Yo abrí los ojos al dejar de oír la música – Es hermoso, Edward…
- Sigue tocando – rogué. Esme asintió, feliz. Edward suspiró.
- Voy a necesitar ayuda… - susurró con una sonrisa. Inmediatamente, supe de qué hablaba, y asentí con una sonrisa. Edward posó sus dedos sobre las teclas, y tocó la primer nota. Yo inspiré, y mi voz comenzó a salir, como si no necesitara más incentivo que aquél. Estaba tocando mi favorita. La canción que mi madre, mi madre biológica, me cantaba cuando era pequeña. Edward sabía perfectamente que Lullabye era mi perdición, y que yo la cantaría aunque no me quedara más voz. Tocaba lentamente, complementando mi voz con su propia receta, la mezcla de sonidos perfecta, como sólo Edward podía lograrlo.
Suspiré al finalizar la canción, y observé a mi hermano con ojos brillosos.
Otra, pensé. Sin embargo, Edward negó con la cabeza.
- Llegaremos tarde – se excusó, mientras yo le hacía un puchero. Él reaccionó con una sonrisa – Vamos, tienes toda la eternidad para oírme tocar el piano.
- Carlisle nos espera en el auto – dijo Jasper, desde el marco de la puerta de vidrio, apoyado contra él. Yo asentí, y me levanté, mientras me acomodaba la falda. – Cuidado con el escalón, Emily, no vayas a tropezar aquí.
Lo fulminé con la mirada, mientras saltaba con mucho cuidado el marco levantado de la puerta.
Efectivamente, Carlisle nos esperaba sentado en el asiento del conductor. Jasper se sentó en el asiento del copiloto, y Rosalie, Edward y yo detrás.
- Guárdate tus opiniones, Rosalie – pidió Edward, mientras se abrochaba el cinturón, aunque mucho no le serviría: Carlisle jamás tenía un accidente, tenía unos reflejos excelentes, y si llegaba a tenerlo, ninguno se vería en riesgo. Éramos mucho más que simples mortales. Rosalie dejó escapar un resoplido.
El camino al instituto no fue demasiado largo: al menos no para nosotros. Carlisle manejaba a una velocidad que, humanamente vista, era excesiva, y el camino era bastante corto y por ruta, así que estuvimos allí en diez minutos.
- Este es el edificio principal – explicó Carlisle, señalando un edificio color salmón con letras plateadas colgadas encima de la puerta, que decían: “Instituto Principal de la ciudad de Carlisle”. Sí, la ciudad – o más bien pueblo - en la que estábamos instalados se encontraba al norte de Inglaterra, en el estado de Cumbria. Mi padre había escogido esa ciudad ya que, no sólo tenía su nombre y le causaba mucha curiosidad, sino que era un pueblo pequeño, sin demasiados curiosos, dónde llovía todo el tiempo y podíamos mantener lo que nosotros queríamos creer que era una “vida normal”.
Observé detrás de aquél edificio, dónde había otros varios edificios en un gran campus. Arriba de cada edificio, letras plateadas como las que se encontraban frente a mí estaban instaladas, y decían cosas como: “Inglés” o “Literatura”. Seguramente había varias aulas de la misma materia – tres o cuatro – y dedicaban un edificio para cada una. Me gustó aquello: no tenía que preocuparme por acordarme el número de las aulas. Las letras eran lo suficientemente visibles. Me pregunté cuántos edificios habría.
Carlisle nos hizo entrar al edificio principal. Dentro, había un mostrador de espaldas a un ventanal que daba al campus, y una puerta que tenía inscritas la palabra “Enfermería”. No creí que fuera a usar esa puerta nunca. Mi cuerpo no estaba programado para enfermarse muy seguido. Jasper y Rosalie se sentaron en un banco que había al lado de la puerta, mientras Carlisle se acercaba al mostrador.
- ¿Cullen? – oí como preguntaba la secretaria detrás de este – Sí…son cuatro, ¿verdad?
- Jasper, Rosalie, Edward y Emily – confirmó Carlisle. Levanté la mirada: estaba acostumbrada a que la gente se quedara anonadada al ver a mi familia, pero siempre me hacía reír. Tuve que taparme la boca al notar la de la secretaria abierta. Sus ojos se dilataban al observar la belleza externa de mi padre. A pesar de que siempre atraíamos físicamente a nuestras posibles presas, estaba segura que Carlisle había sido hermosísimo en su vida humana, lo que le sumaba más puntos. Lo único en lo que me parecía a mi padre eran los rasgos característicos de un vampiro de nuestra clase: la piel pálida y marmórea, las ojeras violáceas y los ojos dorados, negros cuando estábamos sedientos. El resto, era completamente distinto: él era joven, rubio, y más guapo que cualquier estrella de cine. Yo, a gran diferencia, nunca había sido guapa: tenía el cabello castaño largo hasta la mitad de la espalda, con la raya al costado y algunas ondas desprolijas, ya que nunca me lo peinaba. Mis rasgos, a pesar de que atrajeran a los humanos, no engañaban a ningún vampiro.
- Eres preciosa – me susurró Edward al oído, lo suficientemente alto como para que solo yo lo oyera, al oír mis pensamientos. Yo le pegué en el hombro.
- ¿Qué piensa la secretaria? – le pregunté, para cambiar de tema. Edward rió por lo bajo. Ambos observamos como Carlisle llenaba unos papeles con la mirada posada en ellos, y la secretaria, nerviosa, le ponía la mano lo más cerca posible de la suya, enseñándole dónde debía firmar. Aunque parecía que Carlisle tenía la guardia baja y no se daba cuenta de nada, nosotros podíamos ver como se alejaba lo más posible de ella, sin parecer descortés.
- Primero se quedó anonadada – susurró Edward en mi oído - y pensó: “¿Qué? ¿Este hombre tan joven y guapo es el padre de cuatro adolescentes?” y luego se trató de imaginar una y mil maneras para acercarse a Carlisle.
- Clásico – murmuré yo, dejando escapar un resoplido – Las secretarias son siempre iguales. Nunca logran nada.
- Ten cuidado – me advirtió Edward – El profesor de literatura es muy joven.
- ¿Cómo lo sabes? – pregunté, aunque era más bien una pregunta retórica: seguramente podía verlo a través de la mente de algún alumno. Y así era.
La secretaria repasó todos los papeles que Carlisle acababa de darle.
- Así que, Jasper y Rosalie en tercero, Edmund…
- Edward – corrigió mi padre. La secretaria enrojeció, y vi como Jasper cerraba los ojos ante tal imagen: mi hermano mayor era el que más problemas tenía para controlarse.
- Sí, Edward…él en segundo, y la menor…Emily, en primero, ¿cierto?
- Cierto – concordó Carlisle. La secretaria sonrió tímidamente.
- Bueno – la secretaria salió de detrás del mostrador, y se acercó a nosotros. Noté como abría ligeramente la boca y le brillaban los ojos al observar a mis hermanos. Una ola de ira me invadió al notar como miraba a Jasper. Sin embargo, este la observaba impasible, con sus fríos ojos puestos en ella, como si estuviera obligado a verle el rostro. Jasper sí que sabía como alejar a las personas indeseables. Una satisfacción impensable superó la ira, y me calmé inmediatamente. Esa secretaria no tenía muy buen futuro si continuaba enfadándome así.
- No seas celosa – me susurró Edward al oído, aunque pude sentir la sonrisa que trataba de escapársele. Bajé la mirada, avergonzada.
- Va-vale – tartamudeó la secretaria – Ustedes deben ser Jasper y Rosalie, ¿cierto?
Ninguno de los dos contestó. La secretaria, intimidada, carraspeó.
- Bu-bueno, esto… nuestro sistema es de esta forma: ustedes han escogido una rama. Según lo que tengo anotado, Jasper ha escogido Ciencias Sociales y Rosalie, Ciencias Exactas, ¿cierto?
Jasper asintió levemente. La secretaria volvió a aclararse la garganta. Aquella situación era muy divertida, y estaba segura de que Jasper la disfrutaba igual que yo.
- Bueno, entonces…cada uno tendrá su clase – continuó la mujer – Rosalie irá a la clase de Tercero Ciencias 1, y Jasper a la de Tercero Sociales 3. Como hay muchos alumnos, tiene que haber varias clases en cada rama. Luego los guiaré a su clase. Ahora… - se giró hacia Edward, quién había quedado inmóvil a mi lado, a la espera de sus indicaciones – Tú tienes que ser Edward. Tú también has escogido Ciencias Exactas, pero en tu año solo hay un curso de esa rama, así que tu curso se llama solo Segundo Ciencias. Y sólo queda… - se giró hacia mí, y traté de poner mi cara más inocente. Debía hacerme la fama antes que nada - …Emily. Aún no estás en edad para escoger, así que tu curso es Primero A, el primer curso de primer año.
Yo asentí. La secretaria nos pidió que la siguiéramos, y nos fue mostrando todo el campus. Cada rato me daba vuelta, para sentir que Carlisle iba detrás de nosotros y no se había ido. A pesar de que ya tenía cerca de 90 años, me gustaba sentir a mi papá conmigo en esos casos, y seguía poniéndome nerviosa cada vez que tenía que empezar de nuevo. Carlisle, al notar esos gestos, me hizo una seña para que retrocediera. Yo lo hice, y él me tomó la mano. Yo sonreí, y me aferré a su brazo. Edward sonreía delante de nosotros. La secretaria nos fue mostrando todos los edificios, guiándonos por todo el campus. Nos enseñó la cafetería, el gimnasio, el campo de football, la biblioteca y la sala de estudio, dentro de la misma biblioteca. Parecía un lugar bastante grande para formar parte de un pueblo tan pequeño. Y cuando llegamos al edificio de inglés, la primera materia que veríamos, sonó un timbre, y los alumnos comenzaron a salir de sus clases. Al pasar, todos nos observaban, sabiendo que pronto seríamos los nuevos. Entonces, todo ocurrió muy rápido: se oyó un grito ahogado, y yo giré mi mirada al ver como Edward se agachaba y levantaba rápidamente a una muchacha antes de que se rompiera la cabeza contra el suelo. Pude ver como se miraban a los ojos un instante, y luego Edward la soltaba.
- G-gracias – susurró ella, mientras se frotaba la ropa y todos en el pasillo la miraban. Jasper y Rosalie observaban la escena con cierta precaución en los ojos.
- ¡Pilar! – se oyó una voz detrás de ella. La chica miró hacia allí: una joven se acercaba a ellos - ¿te encuentras bien?
- Si, si – contestó la chica a la que Edward había salvado. Entonces, pude observarla mejor: tenía los ojos azul cristalino, y el cabello largo, castaño y ondulado. Su rostro era redondeado, y observaba a Edward con la boca abierta y los ojos dilatados. Yo resoplé: Edward ya se había ganado una fan en este colegio, de las miles que habría. Miré a mi hermano, para ver su reacción. Pero esta vez, había algo diferente en él: no se había separado de ella bruscamente, como lo habría hecho con cualquier otra, ni le había dado vuelta el rostro. Al contrario: la observaba con extraño interés, casi obsesión, mientras sus ojos brillaban a la luz que entraba por la ventana. Noté como su mano temblaba ligeramente, y luego le miré los labios. Los tenía ligeramente abiertos. Parecía una estatua esculpida en mármol, totalmente paralizado. No parecía consciente de la situación en la que se encontraba. Me invadió una extraña sensación de angustia, solté mi mano de la de Carlisle y corrí a salvarle el pellejo. Me puse delante de él, y le tomé las mejillas, mientras lo miraba a los ojos.
- ¿Edward, estás bien? – pregunté, fingiendo una enorme preocupación por el estado de salud de él. En realidad, no estaba fingiendo tanto, estaba preocupada por su estado de salud…mental. - ¿No estás herido?
Edward notó el doble sentido de mis palabras, y su expresión se relajó. Sus ojos dejaron de brillar con tanta intensidad, para luego cerrarlos y negar con la cabeza.
- Estoy bien, Emily – me aseguró. Supe, en ese mismo instante, que aquella tarde me esperaba una larga conversación con Edward. Me contaría lo que le había ocurrido, porque aquello no era normal. Debía contármelo. Noté como la muchacha observaba con preocupación a mis espaldas, así que muy enfadada, tomé la mano de mi hermano. Inspiré hondo, y me di la vuelta, para mirar a la joven a los ojos.
- ¿Tú estás bien? – pregunté con la voz más dulce y suave que logré. Mi expresión estaba relajada, y mis labios se curvaban en una mueca de preocupación, pero mis ojos me traicionaban: ellos mostraban la furia y confusión que sentía en ese momento. Ella asintió, y luego miró la hora.
- ¡Uy, debo ir a clase! – exclamó. Noté como su amiga, al lado, observaba la escena con la boca abierta – Supongo que…nos veremos. ¡Gracias por salvarme!
Dicho esto, tomó la mano de su amiga y salió corriendo hacia el otro lado. Miré a Edward con la furia contenida, y él negó con la cabeza, para hacerme notar que no había nada de lo que preocuparse. Mi mirada cambió: en ese momento, el brillo de mis ojos reflejaba la angustia y pena que había sentido unos instantes antes.
Ya me lo contarás todo, ¿verdad?, pensé.
Edward asintió con la cabeza. Aquello me dejó más tranquila.
Apenas era consciente de que el pasillo se había ido vaciando. Jasper, Rosalie y Carlisle nos observaban con incredulidad. Yo me acerqué a Carlisle, mientras negaba con la cabeza, y le susurré, para que sólo él me oyera:
- Todo está bien.
Carlisle asintió, posando toda su confianza en mí.
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