Por Kimberly
Introduje la llave en el cerrojo y la giré, antes de abrir la ancha puerta de oscura madera. Cerré la puerta detrás de mí y colgué mi grueso abrigo negro dentro de un pequeño armario, antes de dejar mi mochila al pie de la escalera de madera que subía al segundo piso, junto a una bolsa. Esa tarde había pasado luego del colegio por una librería, y el deseo de quedarme mirando una hora los libros había sido demasiado grande. La puerta de la cocina estaba cerrada así que giré a mi derecha y di varios pasos, dirigiéndome al salón, antes de tumbarme en un gran sillón de cuero blanco que se encontraba frente a una mesa ratona de vidrio, rodeada de dos sillones del mismo material, de una sola plaza, a sus costados. El televisor que se encontraba contra la pared estaba apagado, y tardé un minuto en reconocer la canción que se oía a través de los parlantes del equipo de música. Sonaba What I’ve done, de Linkin Park, una de las bandas favoritas de Sirius. Suspiré y giré la cabeza, antes de mirar la amplia chimenea donde crepitaba un acogedor fuego. Junto a ella, sobre una amplia biblioteca que rebosaba de libros, había varias fotografías donde se mostraba una “familia”. Pero eso nunca había tenido significado para mí. Esa mujer de cabello lacio y rubio claro, de sonrisa tan perfectamente…falsa… Ese hombre de cabello castaño oscuro cuyos ojos mostraban que deseaba estar en otra parte… Más allá de los lazos de sangre, hay tantas cosas que unen a una familia… Cosas que ellos tuvieron que haber aprendido antes de tener dos hijos. Siempre había pensado que mi casa era demasiado grande para dos personas. Tres si se cuenta a mi empleada doméstica. Cuatro si se cuentan a mis padres, uno ausente físicamente, la otra ausente mentalmente. Negué fuertemente con la cabeza y me puse de pie de un salto, antes de dirigirme hacia el fondo de la sala, y girar para entrar en la amplia y blanca cocina. Sentados alrededor de una mesa redonda de vidrio se encontraban Sirius, Remus y el mejor amigo de mi hermano, James, un joven de siempre alborotado e indomable cabello azabache y traviesos ojos chocolate. Los tres estaban comiendo un trozo de un pastel de manzanas que había hecho el día anterior. Me extrañó ya que en una hora cenaríamos, pero no me preocupé tanto. Al verme, en los ojos de James apareció un brillo de malicia, en los de Sirius un brillo de advertencia mientras que Remus me sonrió amablemente, pero yo corrí la mirada. No podía mirarlo, no después de la humillación que había pasado frente a él. No…demasiada vergüenza.
-Hola, Kim –sonrió James, con una voz demasiado inocente para que yo pudiera quedarme tranquila. James era demasiado bromista y burlón para sonar tan amable. -¿Cómo estás?
-Hola, James –respondí en tono cordial. Hice uso de toda mi fuerza para no mirar a Remus, sin dejar de notar sus ojos dorados sobre mí. -¿Qué cuentas? –me dirigí hacia la mesada y me serví un vaso de agua.
-Regalos –respondió James, sin borrar su sonrisa.
Sirius se tensó y vi por el rabillo del ojo como lo pateaba con disimulo y lo miraba con una señal de advertencia. Fruncí el seño, sin comprender a qué iba todo eso. ¿Regalos? James amplió aún más su sonrisa y me giré para mirar a Sirius, mientras me acercaba a la mesa, asegurándome de pasar lo más lejos posible de Remus con todo el disimulo posible.
-¿Sirius, de qué habla? –mi hermano dudó un segundo pero luego se encogió de hombros y recobró su aspecto indiferente de siempre.
-Mamá te compró algo –dijo con indiferencia. Yo alcé mis cejas.
-Guau –me sorprendí, aunque no lo demostré. -¿Qué clase de apuesta perdió? ¿Me compró algo para mí?
-Dijo que… -James dudó un segundo y noté como sus mejillas enrojecían por el esfuerzo de contener la risa. -…era perfecto para ti, que era muy parecido a algo que le pediste cuando cumpliste doce años, creo…
-…pero que en ese momento no le pareció apropiado –terminó Sirius. Yo bufé.
-¿Qué sabe ella de apropiado? Sirius, dame lo que me tengas que dar, por favor… -James se inclinó a un costado y levantó una bolsa que a primera vista no me gustó nada: era pequeña, rosada y me dio mala impresión.
Sin dejar de notar que la bolsa ya estaba abierta, metí la mano y toqué el fondo. Sentí una tela no muy suave y un poco rugosa. Saqué la mano y sentí como mi rostro enrojeció de una. Sin poder creer lo que sostenía en mis manos, lo contemplé, completamente idiotizada, congelada, sin saber cómo reaccionar… Noté que James se llevaba el puño a la boca por el esfuerzo de reír y que Sirius miraba para otro lado menos hacia mí. Remus bajó la mirada y yo contemplé el conjunto de lencería de encaje negro, con retoques rojizos.
-¿Qué demonios…? –no sabía qué decir. Mis manos comenzaron a temblar y guardé las prendas en la bolsa, aunque sabía que de todos modos ellos ya las habían visto. -¿Q-Qué…? –inspiré profundamente, conciente del tono de mi rostro. -¿Qué significa todo esto? ¿Qué clase de persona…?
Claro, ¿quién más sino la madre más responsable y madura del mundo?
-No sabía que…de pequeña tenías una mente tan…libidinosa –murmuró James, intentando no reír para no empeorar la situación.
Crucé los brazos sobre mi pecho y me tapé la boca con la mano, sin saber si debía conservar la poca calma que me quedaba o gritarles a diestra y siniestra.
-¿P-Puedo saber…por qué abrieron esto si…no tenían el derecho a hacerlo?
-Lo siento, Kimmy…-murmuró James. –Fue un…impulso –Sirius se mordió el índice y yo lo miré ceñuda. Eso no me hacía ni pizca de gracia.
-¿Por qué abrieron esto? –repetí. -¿Quién tuvo la brillante idea de decir “¡Vamos a ver el regalo de Kimberly!”?
-James –saltó Sirius.
-Sirius –saltó James.
Ambos intercambiaron una rápida mirada de complicidad y luego miraron a Remus, quien alzó sus cejas, abriendo sus ojos dorados.
-¡Remus! –dijeron al unísono. Bufé, intentando no mirar a Remus.
-¿Yo? ¡Yo no lo abrí! ¡Ni lo toqué! –se defendió. –Ni siquiera quise que lo abrieran.
-¡Fah! –bufó James. Pasé eso por alto y me dirigí nuevamente a James.
-Quiero saber…que fue lo que los inspiró a llevar a cabo semejante…e inteligente resolución –esto estaba mal. Se suponía que en muchos casos mi hermano era más maduro que yo. Que él me hablaba como si yo tuviera dos años. ¡No al revés!
-Pues… -James rodó sus ojos y sonrió angelicalmente. –Fue tan tentador… -la severa mirada que le dirigí le hizo borrar su sonrisa. –Sirius estaba a punto de llamar a… ¿Cómo se llama? Mindy… ¡No! Mandy…
-¿Quién rayos es Mandy? –pregunté sin paciencia, mirando a Sirius.
-La chica que Sirius conoció hoy en el estacionamiento del colegio –respondió en un murmullo Remus.
-Y llegó tu madre y nos dijo rápidamente lo que te dijimos… Y dejó la bolsa antes de irse a su clase de yoga… Y… Fue muy tentador…
-Ya que fue tan tentador… -murmuré, mordiendo mi labio inferior con fuerza. -…para que te tientes menos seguido –saqué de la bolsa la braga y con fuerza se la arrojé a James en el medio del rostro, antes de girar sobre mis talones y dirigirme corriendo con fuerza hacia las escaleras.
Subí los escalones de dos en dos y entré corriendo a mi habitación, de paredes rosa pálido. Me arrojé en mi cama y tomé el teléfono que estaba en mi mesa de luz, y casi había terminado de marcar el número de Pilar cuando el teléfono sonó y atendí de modo automático.
-¿Si?
-¡Kim! –se oyó la cantarina voz de Pilar del otro lado.
-Mátame. Ahora. Ya. No importa nada…dejaré una nota para que no vayas a la cárcel. Lo que quieras. Pero mátame.
-Eh…no –dijo calmada Pilar. -¿Qué pasó, amor? –siempre me habían gustado los apodos cariñosos de mi amiga.
Me levantaban el ánimo, me hacían sentir bien, querida. Era algo que faltaba de vez en cuando en mi casa. Le conté muy rápidamente todo, dejándola hacer algunas acotaciones o exclamar algunos “¡Ah!” o “¡No!” en los momentos oportunos, y luego esperé su respuesta.
-Qué idiota –bufó Pilar. –Sin ofender, tu hermano y su amigo son dos…
-…infradotados, lo sé.
-¿Pero…qué pasó con Remus?
-No quiero detallarlo mucho porque me va a doler aún más al orgullo pero…me trababa cuando hablaba, me quedaba embobada mirándolo, me tropecé varias veces con mis propios pies y cuando él me tocaba yo me ponía toda roja y balbuceaba cosas incomprensibles. Además él hablaba y yo asentía completamente…
-Una babosa.
-…algo así. En fin… y él es tan inteligente y yo soy tan…infradotada. Como mi hermano. Debe ser de familia, igual que mi madre…
-¡Kim…!
-Y lo peor es que se lo dije.
-¿Eh?
-Si… Y creo que lo malinterpretó… “Eres tan inteligente… A veces me siento una idiota cuando estoy contigo” y él lo tomó como otra cosa, como si su presencia me molestara… ¡pero la verdad es que…!
-¡Pilar! ¡Te estoy llamando! ¡Ya está la cena! –se oyó la voz de Emmett del otro lado. Oí un susurro que decía “Kim”, me imaginé la cara de mi amiga asintiendo y tras oír un suave “Si, vete…” la voz de Emmett se hizo más dominante en esa conversación. -Vas a perder… con Emmett no se juega, chiquita.
Quise responder, pero tras el quejido de Pilar, la conversación se cortó. Dejé el teléfono sobre mi mesa de luz y apretando mi almohada contra mi cara, comencé a gritar con todas mis fuerzas, completamente frustrada, pateando el aire y chillando como una lunática.
-Eh… ¿P-Permiso? –dijo una tranquila voz, dubitativa. -¿Se p-puede? ¿O…vuelvo más tarde?
Asomé los ojos por encima de la almohada y quise morirme. Quise abrir la ventana y arrojarme a la nieve, a ver si moría de una hipotermia. Remus no… Remus no… ¿Por qué me tenía que pasar eso a mí?
-Ahá –me incorporé de un salto, tan rápido que casi me caigo, y me senté sobre mi cama, enderezándome e intentando mostrarme lo más cuerda posible. Remus amagó una débil sonrisa pero la borró al instante, mientras avanzaba lentamente en mi habitación. Sentí mi corazón palpitar con fuerza. Era la primera vez que él entraba. Bueno, que entraba oficialmente, porque sé que mi hermano llevó a sus amigos por toda la casa pero…
-¿Estás bien, Kim? –murmuró débilmente, sin quitarme los ojos de encima. –Lamento lo que pasó allá abajo y…
-Estoy bien, estoy bien –intenté sonar convencida pero el enojo y la vergüenza aún no se borraban. Quería morirme. Quería que la tierra se abriera y me tragara. Y que él no decidiera salvarme, porque sé que de seguro lo haría. ¿Por qué tenía que estar enamorada de alguien tan…perfecto?
-Ah –no me creyó. –Bueno, mira… Yo…quería hablar contigo. Creo que lo que sucedió hoy fue un poco…incómodo. Yo… -era tan tierno cuando balbuceaba. ¡¡¡Kimberly concéntrate!!! -…malinterpreté lo que tú dijiste y tú malinterpretaste mi reacción… Después comprendí lo que quisiste decir y me sentí mal por lo que habrás pensado de mi reacción. Y no quiero que lo que sucedió hoy haga que esto se vuelva…tenso o incómodo. Ni para ti ni para mí –asentí con la cabeza, sintiendo mi corazón palpitar con fuerza. ¿Él no quería que nuestra relación se viera tensa? Pero… ¿qué relación? –Así que…¿estamos bien?
-Siempre estuvimos bien –sonreí, y luego quise tragarme la lengua. Remus sonrió con sinceridad y mientras yo sentía como me derretía por dentro, él suspiró discretamente.
-Será mejor que baje. Además debo volver a casa.
-Nos vemos –él me hizo un gesto con la mano y salió de mi habitación. Me tiré hacia atrás de nuevo y estrujando de nuevo el almohadón contra mi cara, desee de nuevo morirme…de amor.
-¡KIM! –el grito de Sirius me sacó de quicio, como todas las mañanas.
Bufé mientras me ponía mi abrigo y salí afuera. Sirius me esperaba allí, sentado sobre una gran moto de color negro, brillante, imponente…simplemente hermosa e impresionante. Una Suzuki Intruder 1800 R, una motocicleta de catorce mil euros, para ser exactos. El regalo de cumpleaños de mi hermano. El amor por las motocicletas era una de las pocas cosas que mi hermano y yo compartíamos. Recuerdo cuando se la obsequiaron…ambos nos quedamos impresionados por la majestuosidad de esa belleza de cuatro tiempos, dos cilindros, cuatro válvulas… Una moto que por sí sola pesaba trescientos quince kilos, de dos mil cuatrocientos ochenta y cinco milímetros de ancho y mil ciento ochenta de alto… Y yo viajaba en esa preciosidad todas las mañanas.
Sirius me tendió mi casco y me lo puse, antes de subirme al amplio asiento negro y sujetarme de la cintura de mi hermano, quien encendió la motocicleta. Su sonido fue celestial, y antes de que alguien hubiera dicho algo más, ya estábamos en la carretera. El frío ni siquiera se notaba, no encima de su Suzuki.
En la carretera Sirius aceleró aún más. Llegamos al colegio rápido, en aproximadamente quince minutos, como siempre. Sirius se levantó la visera de su casco negro mientras desaceleraba con evidente pena. Se dirigió hacia el estacionamiento mientras yo miraba alrededor, distraída, soltándome de a poco de su cintura y quitándome el casco. Ya habíamos llegado, prácticamente. Pero algo sucedió, y fue tan rápido que no me dio tiempo de asegurarme.
La moto se paró en seco y se tambaleó, oí el ruido de cuatro llantas frenando con mucha fuerza sobre el asfalto mojado, mientras yo me veía despedida de la moto hacia atrás por la fuerza de esa detención. Sirius soltó un grito ahogado y me tomó por la cintura, haciendo mucha fuerza, mientras me aseguraba nuevamente sobre la moto. Pero él cayó hacia el costado y se golpeó con fuerza el brazo.
-¡Sirius! –chillé, bajándome y arrodillándome a su lado. La manga de su grueso abrigo se había abierto y bajó la tela desgarrada vi algo una pequeña herida, sangrante. -¿Estás bien?
-Estoy bien –no mentía, pero el enojo se notaba en su voz, mientras se ponía de pie y miraba enfadado un flamante Volvo plateado. De él salieron los hermanos Cullen, mirando horrorizados la escena. -¡Cullen! –rugió Sirius, mirando a Edward quien había estado al volante. Edward fruncía los labios hacia dentro y miraba con impresión a mi hermano. Vi cómo Edward se giraba y susurraba rápidamente algo a Rosalie, quien se apresuró a tomar a Emily y a Jasper, quienes se veían sumamente tensos e inquietos, antes de echar a correr hacia el edificio principal. Intuí que irían a avisar a la enfermera y a avisar a la dirección-¿¡Qué te pasa!? ¡Ella se pudo haber abierto la cabeza! –bramó Sirius.
Edward le hizo un gesto de disculpa y volvió a meterse velozmente en el auto, mientras lo iba a estacionar. Sirius se quitó su casco, cuya parte trasera tenía algunos raspones, y me miró de arriba abajo.
-¿Estás bien, Kim? –yo asentí, nerviosa, mirando su brazo. –No es nada, no te preocupes –me colocó la mano en la espalda y miró con furia al Volvo que se alejaba. –Imbécil…
-Sirius… -mi voz tembló, mientras veía como James y Remus se acercaban, mirándolo impresionados.
-¡Kim! –la voz de Pilar llegó hasta mis oídos. -¿Estás bien?
-¿Por qué no la llevas adentro, Pilar? –preguntó Sirius, mientras volvía a subirse a su moto. –Voy a estacionarla…
Mi amiga asintió y me tomó de la mano, mientras me arrastraba hacia el edificio principal.
-Ven, Kim, vamos…
-Pero…
-Kim, vamos… -oí la voz de Alice. Vi a Sirius mascullar algo, furioso, a sus amigos, quienes le respondieron intentando calmarlo. –Vamos adentro…
Todo aquello era demasiado raro… No comprendía. ¿Por qué Edward Cullen se había comportado así? Se supone que cuando estuviste a punto de atropellar a alguien, te bajas del auto y vas a ver cómo está… ¡No sales corriendo hacia el otro lado! No comprendía por qué Emily y Jasper se habían tensado así, o porqué Rosalie se los quiso llevar tan rápido. ¿Con una persona no es suficiente para alertar a la dirección?
¿Qué rayos había sucedido? ¿Qué estaba sucediendo?
-Hola, Kim –sonrió James, con una voz demasiado inocente para que yo pudiera quedarme tranquila. James era demasiado bromista y burlón para sonar tan amable. -¿Cómo estás?
-Hola, James –respondí en tono cordial. Hice uso de toda mi fuerza para no mirar a Remus, sin dejar de notar sus ojos dorados sobre mí. -¿Qué cuentas? –me dirigí hacia la mesada y me serví un vaso de agua.
-Regalos –respondió James, sin borrar su sonrisa.
Sirius se tensó y vi por el rabillo del ojo como lo pateaba con disimulo y lo miraba con una señal de advertencia. Fruncí el seño, sin comprender a qué iba todo eso. ¿Regalos? James amplió aún más su sonrisa y me giré para mirar a Sirius, mientras me acercaba a la mesa, asegurándome de pasar lo más lejos posible de Remus con todo el disimulo posible.
-¿Sirius, de qué habla? –mi hermano dudó un segundo pero luego se encogió de hombros y recobró su aspecto indiferente de siempre.
-Mamá te compró algo –dijo con indiferencia. Yo alcé mis cejas.
-Guau –me sorprendí, aunque no lo demostré. -¿Qué clase de apuesta perdió? ¿Me compró algo para mí?
-Dijo que… -James dudó un segundo y noté como sus mejillas enrojecían por el esfuerzo de contener la risa. -…era perfecto para ti, que era muy parecido a algo que le pediste cuando cumpliste doce años, creo…
-…pero que en ese momento no le pareció apropiado –terminó Sirius. Yo bufé.
-¿Qué sabe ella de apropiado? Sirius, dame lo que me tengas que dar, por favor… -James se inclinó a un costado y levantó una bolsa que a primera vista no me gustó nada: era pequeña, rosada y me dio mala impresión.
Sin dejar de notar que la bolsa ya estaba abierta, metí la mano y toqué el fondo. Sentí una tela no muy suave y un poco rugosa. Saqué la mano y sentí como mi rostro enrojeció de una. Sin poder creer lo que sostenía en mis manos, lo contemplé, completamente idiotizada, congelada, sin saber cómo reaccionar… Noté que James se llevaba el puño a la boca por el esfuerzo de reír y que Sirius miraba para otro lado menos hacia mí. Remus bajó la mirada y yo contemplé el conjunto de lencería de encaje negro, con retoques rojizos.
-¿Qué demonios…? –no sabía qué decir. Mis manos comenzaron a temblar y guardé las prendas en la bolsa, aunque sabía que de todos modos ellos ya las habían visto. -¿Q-Qué…? –inspiré profundamente, conciente del tono de mi rostro. -¿Qué significa todo esto? ¿Qué clase de persona…?
Claro, ¿quién más sino la madre más responsable y madura del mundo?
-No sabía que…de pequeña tenías una mente tan…libidinosa –murmuró James, intentando no reír para no empeorar la situación.
Crucé los brazos sobre mi pecho y me tapé la boca con la mano, sin saber si debía conservar la poca calma que me quedaba o gritarles a diestra y siniestra.
-¿P-Puedo saber…por qué abrieron esto si…no tenían el derecho a hacerlo?
-Lo siento, Kimmy…-murmuró James. –Fue un…impulso –Sirius se mordió el índice y yo lo miré ceñuda. Eso no me hacía ni pizca de gracia.
-¿Por qué abrieron esto? –repetí. -¿Quién tuvo la brillante idea de decir “¡Vamos a ver el regalo de Kimberly!”?
-James –saltó Sirius.
-Sirius –saltó James.
Ambos intercambiaron una rápida mirada de complicidad y luego miraron a Remus, quien alzó sus cejas, abriendo sus ojos dorados.
-¡Remus! –dijeron al unísono. Bufé, intentando no mirar a Remus.
-¿Yo? ¡Yo no lo abrí! ¡Ni lo toqué! –se defendió. –Ni siquiera quise que lo abrieran.
-¡Fah! –bufó James. Pasé eso por alto y me dirigí nuevamente a James.
-Quiero saber…que fue lo que los inspiró a llevar a cabo semejante…e inteligente resolución –esto estaba mal. Se suponía que en muchos casos mi hermano era más maduro que yo. Que él me hablaba como si yo tuviera dos años. ¡No al revés!
-Pues… -James rodó sus ojos y sonrió angelicalmente. –Fue tan tentador… -la severa mirada que le dirigí le hizo borrar su sonrisa. –Sirius estaba a punto de llamar a… ¿Cómo se llama? Mindy… ¡No! Mandy…
-¿Quién rayos es Mandy? –pregunté sin paciencia, mirando a Sirius.
-La chica que Sirius conoció hoy en el estacionamiento del colegio –respondió en un murmullo Remus.
-Y llegó tu madre y nos dijo rápidamente lo que te dijimos… Y dejó la bolsa antes de irse a su clase de yoga… Y… Fue muy tentador…
-Ya que fue tan tentador… -murmuré, mordiendo mi labio inferior con fuerza. -…para que te tientes menos seguido –saqué de la bolsa la braga y con fuerza se la arrojé a James en el medio del rostro, antes de girar sobre mis talones y dirigirme corriendo con fuerza hacia las escaleras.
Subí los escalones de dos en dos y entré corriendo a mi habitación, de paredes rosa pálido. Me arrojé en mi cama y tomé el teléfono que estaba en mi mesa de luz, y casi había terminado de marcar el número de Pilar cuando el teléfono sonó y atendí de modo automático.
-¿Si?
-¡Kim! –se oyó la cantarina voz de Pilar del otro lado.
-Mátame. Ahora. Ya. No importa nada…dejaré una nota para que no vayas a la cárcel. Lo que quieras. Pero mátame.
-Eh…no –dijo calmada Pilar. -¿Qué pasó, amor? –siempre me habían gustado los apodos cariñosos de mi amiga.
Me levantaban el ánimo, me hacían sentir bien, querida. Era algo que faltaba de vez en cuando en mi casa. Le conté muy rápidamente todo, dejándola hacer algunas acotaciones o exclamar algunos “¡Ah!” o “¡No!” en los momentos oportunos, y luego esperé su respuesta.
-Qué idiota –bufó Pilar. –Sin ofender, tu hermano y su amigo son dos…
-…infradotados, lo sé.
-¿Pero…qué pasó con Remus?
-No quiero detallarlo mucho porque me va a doler aún más al orgullo pero…me trababa cuando hablaba, me quedaba embobada mirándolo, me tropecé varias veces con mis propios pies y cuando él me tocaba yo me ponía toda roja y balbuceaba cosas incomprensibles. Además él hablaba y yo asentía completamente…
-Una babosa.
-…algo así. En fin… y él es tan inteligente y yo soy tan…infradotada. Como mi hermano. Debe ser de familia, igual que mi madre…
-¡Kim…!
-Y lo peor es que se lo dije.
-¿Eh?
-Si… Y creo que lo malinterpretó… “Eres tan inteligente… A veces me siento una idiota cuando estoy contigo” y él lo tomó como otra cosa, como si su presencia me molestara… ¡pero la verdad es que…!
-¡Pilar! ¡Te estoy llamando! ¡Ya está la cena! –se oyó la voz de Emmett del otro lado. Oí un susurro que decía “Kim”, me imaginé la cara de mi amiga asintiendo y tras oír un suave “Si, vete…” la voz de Emmett se hizo más dominante en esa conversación. -Vas a perder… con Emmett no se juega, chiquita.
Quise responder, pero tras el quejido de Pilar, la conversación se cortó. Dejé el teléfono sobre mi mesa de luz y apretando mi almohada contra mi cara, comencé a gritar con todas mis fuerzas, completamente frustrada, pateando el aire y chillando como una lunática.
-Eh… ¿P-Permiso? –dijo una tranquila voz, dubitativa. -¿Se p-puede? ¿O…vuelvo más tarde?
Asomé los ojos por encima de la almohada y quise morirme. Quise abrir la ventana y arrojarme a la nieve, a ver si moría de una hipotermia. Remus no… Remus no… ¿Por qué me tenía que pasar eso a mí?
-Ahá –me incorporé de un salto, tan rápido que casi me caigo, y me senté sobre mi cama, enderezándome e intentando mostrarme lo más cuerda posible. Remus amagó una débil sonrisa pero la borró al instante, mientras avanzaba lentamente en mi habitación. Sentí mi corazón palpitar con fuerza. Era la primera vez que él entraba. Bueno, que entraba oficialmente, porque sé que mi hermano llevó a sus amigos por toda la casa pero…
-¿Estás bien, Kim? –murmuró débilmente, sin quitarme los ojos de encima. –Lamento lo que pasó allá abajo y…
-Estoy bien, estoy bien –intenté sonar convencida pero el enojo y la vergüenza aún no se borraban. Quería morirme. Quería que la tierra se abriera y me tragara. Y que él no decidiera salvarme, porque sé que de seguro lo haría. ¿Por qué tenía que estar enamorada de alguien tan…perfecto?
-Ah –no me creyó. –Bueno, mira… Yo…quería hablar contigo. Creo que lo que sucedió hoy fue un poco…incómodo. Yo… -era tan tierno cuando balbuceaba. ¡¡¡Kimberly concéntrate!!! -…malinterpreté lo que tú dijiste y tú malinterpretaste mi reacción… Después comprendí lo que quisiste decir y me sentí mal por lo que habrás pensado de mi reacción. Y no quiero que lo que sucedió hoy haga que esto se vuelva…tenso o incómodo. Ni para ti ni para mí –asentí con la cabeza, sintiendo mi corazón palpitar con fuerza. ¿Él no quería que nuestra relación se viera tensa? Pero… ¿qué relación? –Así que…¿estamos bien?
-Siempre estuvimos bien –sonreí, y luego quise tragarme la lengua. Remus sonrió con sinceridad y mientras yo sentía como me derretía por dentro, él suspiró discretamente.
-Será mejor que baje. Además debo volver a casa.
-Nos vemos –él me hizo un gesto con la mano y salió de mi habitación. Me tiré hacia atrás de nuevo y estrujando de nuevo el almohadón contra mi cara, desee de nuevo morirme…de amor.
-¡KIM! –el grito de Sirius me sacó de quicio, como todas las mañanas.
Bufé mientras me ponía mi abrigo y salí afuera. Sirius me esperaba allí, sentado sobre una gran moto de color negro, brillante, imponente…simplemente hermosa e impresionante. Una Suzuki Intruder 1800 R, una motocicleta de catorce mil euros, para ser exactos. El regalo de cumpleaños de mi hermano. El amor por las motocicletas era una de las pocas cosas que mi hermano y yo compartíamos. Recuerdo cuando se la obsequiaron…ambos nos quedamos impresionados por la majestuosidad de esa belleza de cuatro tiempos, dos cilindros, cuatro válvulas… Una moto que por sí sola pesaba trescientos quince kilos, de dos mil cuatrocientos ochenta y cinco milímetros de ancho y mil ciento ochenta de alto… Y yo viajaba en esa preciosidad todas las mañanas.
Sirius me tendió mi casco y me lo puse, antes de subirme al amplio asiento negro y sujetarme de la cintura de mi hermano, quien encendió la motocicleta. Su sonido fue celestial, y antes de que alguien hubiera dicho algo más, ya estábamos en la carretera. El frío ni siquiera se notaba, no encima de su Suzuki.
En la carretera Sirius aceleró aún más. Llegamos al colegio rápido, en aproximadamente quince minutos, como siempre. Sirius se levantó la visera de su casco negro mientras desaceleraba con evidente pena. Se dirigió hacia el estacionamiento mientras yo miraba alrededor, distraída, soltándome de a poco de su cintura y quitándome el casco. Ya habíamos llegado, prácticamente. Pero algo sucedió, y fue tan rápido que no me dio tiempo de asegurarme.
La moto se paró en seco y se tambaleó, oí el ruido de cuatro llantas frenando con mucha fuerza sobre el asfalto mojado, mientras yo me veía despedida de la moto hacia atrás por la fuerza de esa detención. Sirius soltó un grito ahogado y me tomó por la cintura, haciendo mucha fuerza, mientras me aseguraba nuevamente sobre la moto. Pero él cayó hacia el costado y se golpeó con fuerza el brazo.
-¡Sirius! –chillé, bajándome y arrodillándome a su lado. La manga de su grueso abrigo se había abierto y bajó la tela desgarrada vi algo una pequeña herida, sangrante. -¿Estás bien?
-Estoy bien –no mentía, pero el enojo se notaba en su voz, mientras se ponía de pie y miraba enfadado un flamante Volvo plateado. De él salieron los hermanos Cullen, mirando horrorizados la escena. -¡Cullen! –rugió Sirius, mirando a Edward quien había estado al volante. Edward fruncía los labios hacia dentro y miraba con impresión a mi hermano. Vi cómo Edward se giraba y susurraba rápidamente algo a Rosalie, quien se apresuró a tomar a Emily y a Jasper, quienes se veían sumamente tensos e inquietos, antes de echar a correr hacia el edificio principal. Intuí que irían a avisar a la enfermera y a avisar a la dirección-¿¡Qué te pasa!? ¡Ella se pudo haber abierto la cabeza! –bramó Sirius.
Edward le hizo un gesto de disculpa y volvió a meterse velozmente en el auto, mientras lo iba a estacionar. Sirius se quitó su casco, cuya parte trasera tenía algunos raspones, y me miró de arriba abajo.
-¿Estás bien, Kim? –yo asentí, nerviosa, mirando su brazo. –No es nada, no te preocupes –me colocó la mano en la espalda y miró con furia al Volvo que se alejaba. –Imbécil…
-Sirius… -mi voz tembló, mientras veía como James y Remus se acercaban, mirándolo impresionados.
-¡Kim! –la voz de Pilar llegó hasta mis oídos. -¿Estás bien?
-¿Por qué no la llevas adentro, Pilar? –preguntó Sirius, mientras volvía a subirse a su moto. –Voy a estacionarla…
Mi amiga asintió y me tomó de la mano, mientras me arrastraba hacia el edificio principal.
-Ven, Kim, vamos…
-Pero…
-Kim, vamos… -oí la voz de Alice. Vi a Sirius mascullar algo, furioso, a sus amigos, quienes le respondieron intentando calmarlo. –Vamos adentro…
Todo aquello era demasiado raro… No comprendía. ¿Por qué Edward Cullen se había comportado así? Se supone que cuando estuviste a punto de atropellar a alguien, te bajas del auto y vas a ver cómo está… ¡No sales corriendo hacia el otro lado! No comprendía por qué Emily y Jasper se habían tensado así, o porqué Rosalie se los quiso llevar tan rápido. ¿Con una persona no es suficiente para alertar a la dirección?
¿Qué rayos había sucedido? ¿Qué estaba sucediendo?
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