sábado, 27 de diciembre de 2008
Capitulo 4
Sabía que algo malo ocurría. Lo había sentido cuando, esa misma mañana, Edward había salvado a esa chica Pilar de romperse la cabeza contra el suelo. Lo supe cuando noté la tensión de Edward en el ambiente a la hora del almuerzo. Nunca, en los noventa años que llevamos juntos, lo había visto comportarse tan fríamente frente a dos simples humanas. Sentí su preocupación, su dilema, su tensión. Y sabía que Pilar tenía mucho que ver en ello. Y aquello me enfurecía. ¿Por qué yo no podía entender qué le pasaba?
Eché una rápida mirada hacia donde Pilar estaba sentada con una chica llamada Lauren Taylor, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Quién era María Pilar Masen? Solo era una humana. ¿Qué era lo que generaba en mi hermano, para que este se comportara de esa forma? Podía haberme caído realmente bien, pero mi afecto se había disipado al ser superado por el instinto protector y el cariño que le tengo a Edward. Pilar miraba su hoja, mientras desde mi asiento oía el rasgar de su pluma. Estaba tratando de hacer los cálculos por ella misma, aunque las rasgaduras no parecían lo suficientemente seguidas como para notar que sabía hacerlos.
- Señorita Cullen – oí la voz del profesor que me llamaba. Corrí mi mirada dorada, y lo observé fijamente. - ¿Emily, verdad?
- Sí, señor – contesté, poniendo mi mejor sonrisa y expresión inocente. El profesor carraspeó, y miró sus apuntes.
- Me gustaría que pasara al pizarrón a demostrarme lo que sabe – contuve una mueca.
Nunca me habían gustado las ciencias, aunque había tenido tiempo de sobra para estudiarlas. Sin embargo, me levanté de mi asiento y pasé al frente. Con mi mirada periférica, noté como Pilar se ponía roja como un tomate. Suspiré. La estaba intimidando…pero no me importaba. Se lo merecía. Miré fijamente los cálculos, los hice en mi mente en menos de un instante, y luego comencé a escribir. Noté los jadeos detrás de mí, los movimientos ansiosos en las sillas y las rasgaduras de las plumas. Al finalizar, me di la vuelta, y observé al profesor fingiendo esperar la respuesta, mientras este me observaba con la boca abierta.
- ¿Iban más avanzados en Forks? – me preguntó. Dudé medio instante.
- Tengo hermanos mayores que me enseñan – mentí suavemente. No tuve problemas con eso. El profesor pareció creerme, asintió, y me dejó volver a mi asiento.
- Wow – me susurró Kim cuando estuve a su lado otra vez – Espero que me des clases. Soy muy mala en las ciencias…
Dudo que alguna vez vaya a hacerlo. Sin embargo, no contesté. Ni siquiera le sonreí. Estaba demasiado frustrada para fingir ser normal.
Después de las dos horas de clase de la tarde, finalmente terminó el día. No se podía decir que había sido el mejor primer día de clases de mi existencia. Sin decir adiós a nadie, apenas sonó el timbre tomé mi mochila y me dirigí a la salida, donde Edward me esperaba.
Tenemos una charla pendiente, le recordé, sin abrir mi boca y mirándolo con dureza. Edward cambió el rumbo de su mirada, y eso me frustró más aún. No quería contármelo. Siempre me contaba todo. Siempre confió en mí. ¿Qué rayos le ocurría?
Para mí, Edward siempre había sido una especie de hermano especial. Cuando fui convertida por Carlisle, él era el único que ya tenía esta…naturaleza, así que tuve más tiempo de conocerlo a él que a mis otros hermanos. Él siempre estuvo. Y a pesar de que adoro a Jasper y a Rosalie, con ellos jamás he tenido esa conexión que tengo con Edward…o que tenía. Nuestras personalidades son más parecidas, y aunque siempre lo amé como a un hermano, como a mi hermano…nuestra relación era especial. Mi hermano protector, sonriente, educado…más cercano.
¿Qué le había hecho Pilar?
Al notar el rumbo de mis pensamientos, a pesar de que continuaba con su expresión relajada, noté el brillo de desesperación en sus ojos. Así que era Pilar, después de todo.
Sabía que era ella.
Fruncí los labios, mientras oía los pasos de Jasper doblar a la esquina. Ambos nos giramos para verlo llegar. Mi hermano mayor notó la tensión y frustración en el ambiente, y de repente una ola de tranquilidad nos invadió. Traté de liberarme de aquél sentimiento artificial, pero no lo logré. Mi pecho se relajó, al igual que mis labios. Debía admitir que el talento de Jasper podía ser reconfortante.
- Gracias, Jasper – susurró Edward.
- ¿Qué ocurre? – preguntó este. No pude contestarle, ya que sentí el ruido de las ruedas del auto de Carlisle entrando al aparcamiento del instituto, y aquello me distrajo.
- ¿Vino Carlisle? – pregunté, mientras Jasper se encogía de hombros. - ¿Qué hace aquí? ¿No estaba en el hospital?
Edward suspiró.
- Planea llevarnos a comprar autos – explicó. De repente, me sentí emocionada: amaba ir a comprar autos con mis hermanos. Rosalie era una experta: se conocía todos los modelos, junto con sus características, puntos favorables y desfavorables. Edward no conocía tanto, sin embargo, tenía buen gusto para ellos, y sabía escogerlos. Ni Jasper ni yo sabíamos nada de autos, pero nos encantaba acompañarlos y oírles discutir si era mejor el Mercedes Guardian o el BMW CS Concept. Edward sonrió. El auto de Carlisle estuvo estacionado frente a nosotros en menos de lo que se tarda en decir “hey!”, y él se bajó para recibirnos. Los alumnos pasaban por su lado, y todos los miraban, tanto las chicas como los chicos. Ellos, observaban el auto con ojos como platos, mientras que las chicas lo observaban a él.
Es casado, pensé con furia, mientras Julie Williams, una compañera de Edward, se le quedaba mirando con la boca abierta. Edward rió a mis espaldas. Carlisle se quitó los anteojos de sol, y nos sonrió.
- Gracias por venir a buscarnos, papá – sonreí, mientras abría la puerta del asiento trasero.
- Rosalie debería haber llegado ya – se quejó Jasper – Nos va a atrasar a todos…que vaya corriendo.
- Pobre Rosalie – murmuró Edward, aunque yo sabía que no lo pensaba realmente. En ese momento oí los pasos de Rosalie y la rasgadura de su cabello en el aire a unos doscientos metros.
- Está en el campo de football – expliqué – Se está acercando.
Rosalie estuvo junto a nosotros antes de que terminara la frase. Edward la fulminó con la mirada, pero ella se encogió de hombros.
- Nadie miraba – dijo, mientras subía al asiento delantero del Mercedes. Edward y yo suspiramos a la vez, y nos sentamos junto a Jasper, quién había subido antes de que Rosalie llegara.
La concesionaria quedaba exactamente en el centro del pueblo. Era un lugar muy espaciado, con un jardín trasero, todo dedicado a la venta de autos. Inmediatamente, nos separamos, mientras Carlisle hacía algunos arreglos con el dueño del lugar. Todos los vehículos eran grandes, brillantes y lujosos. Di varias vueltas alrededor del lugar, observando todo detalladamente, cruzándome de vez en cuando con alguno de mis hermanos, hasta que lo vi: el auto perfecto, la hermosura con ruedas. Hasta yo, que no sabía nada de coches, pude apreciar su belleza.
Era un Mini Cooper ML31 de color azul oscuro, brillante, con el logo de BMW en la parte trasera. Me quedé maravillada, observando aquella preciosidad. Tanto, que casi ni me di cuenta de que Jasper se había instalado a mi lado.
- Es bonito – dijo, con indiferencia. Lo miré con incredulidad – Pero tienes un pequeño detalle que resolver…
- ¿Cuál? – pregunté, extrañada. Jasper sonrió con malicia.
- Tienes quince años – me recordó – No puedes manejar hasta los dieciséis con permiso de tus padres.
- Mentira – contesté, ofendida – Cuando Carlisle me transformó tenía dieciséis, y por lo tanto tengo la edad para manejar esta hermosura.
- No, no la tienes – me contradijo mi hermano – Para este pueblo, aún tienes quince. Falta aún un año para tu “cumpleaños”, Emily.
Lo miré con cara de pocos amigos, y luego volví mi mirada hacia el Mini Cooper, tornándola completamente. Mi mirada deseosa brillaba en su reflejo.
- Me lo regalarás para mi “cumpleaños”, ¿verdad, Jasper? – pregunté inocentemente, mientras ponía una sonrisa seductora, ancha e intentando que fuera convincente, con los ojos brillosos. Jasper estalló en una fuerte carcajada.
- Sigue soñando – me dijo, sin dejar de reír. Mi expresión se tornó ofendida.
- ¡Jasper! – exclamé, mientras juntaba mis manos y hacía un puchero, apretando los párpados – Por favor, Jazz…la cantidad de favores que te habré hecho en estos setenta años que hace que estamos juntos… venga, Jazz… quiero un Mini Cooper…por favor…
- Tienes dinero - contrarrestó él, haciendo caso omiso a mi mirada suplicante – Cómpratelo sola.
Vale. No me dejaba otra opción. ¿Por qué los hombres quieren hacerlo todo siempre tan complicado? Siempre por las malas.
- Muy bien – le dije, irguiendo el pecho – Jasper, regálame ese Mini Cooper en mi próximo “cumpleaños”.
Jasper dejó de reír al instante. Noté el cambio en su expresión, y sonreí satisfecha.
- Vale – me dijo – Te lo regalaré.
- ¡Gracias, Jazz! – exclamé, mientras me le tiraba al cuello. Oí su resoplido.
- Eso no fue justo – protestó, aunque se le notaba resignado, y sabía que la decisión estaba tomada – No vale que uses tu habilidad para temas personales.
Amplié mi sonrisa, disfrutando de la lucha interna de Jasper. Luego, me di la vuelta, habiendo cumplido mi cometido, y dejando a Jasper frustrado frente al Mini Cooper, caminé lentamente por la concesionaria.
Edward estaba parado frente a un S60R Volvo plateado, observándolo detenidamente. Me paré a su lado, y noté que su mirada estaba perdida, y hasta sospechaba que no tenía ni idea qué auto tenía delante.
¿Qué ocurre, Edward?
Edward suspiró.
- No lo sé – contestó, sinceramente – No tengo ni idea de qué está pasando.
Negué con la cabeza.
- ¿No puedes explicarme lo que sientes? – pregunté, dubitativa. Ya había decidido ir suavemente, y no tirármele encima. Si él no quería contármelo…yo no tenía porqué obligarlo. – Quiero ayudarte, Edward, de verdad quiero hacerlo…pero no puedo si no sé que ocurre.
- Es que ni yo sé que me ocurre – murmuró – Si pudiera explicártelo…
Dejé escapar un suspiro, mientras sentía como mi corazón inmóvil se encogía en mi interior. Estaba muy preocupada. Me dolía que Edward sufriera. Lo sentía como mi propio sufrimiento. Si hubiese sido humana, se me hubiese puesto la piel de gallina y las lágrimas hubiesen brotado de mis ojos. Sin embargo, me quedé allí inmóvil, mirándole el perfil, esperando una respuesta. Edward se quedó callado, observando el vacío. Suspiré nuevamente, y puse las ideas en mi mente en orden.
Me duele.
Al oír aquello, sentí como los músculos de Edward se tensaban, y sus labios se fruncían. No me importó. Iba a decirle lo que sentía. De todos modos, podía leerlos en mis pensamientos.
Me duele que no confíes en mi… sé que no es tu intención, y que estás tratando de ahorrarme el entenderte…pero ¿no entiendes que eso me lastima más? Me lastima no saber qué te ocurre, no saber como ayudarte. Siempre me has contado todo. Siempre creí que habías entendido que podías confiar en mí. Ese es mi talento especial, ¿no? Generar confianza. Creía…que tu frialdad ya no contaba conmigo. ¿Acaso me equivoqué? ¿Acaso te molesto al preocuparme por ti?
Edward no me contestó con palabras, pero el abrazo que me dio me sirvió como toda respuesta. Me aferré a su espalda, mientras apoyaba mi cabeza en su pecho. Podía sentir en el ritmo de su respiración que no todo era igual que siempre. Algo había cambiado en él.
No puedo obligarte a que me lo cuentes, Edward…a que confíes en mí, en que podré ayudarte. Es tu decisión, y no voy a interferir en ella. Pero no tienes que hacerlo todo solo. Para eso estoy yo aquí. Eres mi hermano…te quiero demasiado como para dejarte así.
- ¿Sigues tratando de hacerme sentir culpable? – murmuró Edward, aunque pude notar un atisbo de sonrisa en su expresión - ¿Acaso no te alcanza con hacerme sentir que no te puedo devolver estos noventa años de apoyo incondicional que me has dado?
Dejé escapar un bufido. Edward rió entre dientes.
- Ya nos estamos poniendo cursis – se mofó, acariciando el auto. Yo reí por lo bajo, mientras asentía.
- Me encanta hacerte sentir mal – le susurré con ironía. Edward dejó de reír, aunque su sonrisa no se borró. Sus ojos se posaron en la chapa del auto, y pareció que estaba muy interesado en él.
- Gracias, Emily – me dijo. Si la sangre aún corriera por mis venas, me habría sonrojado. Pero me limité a sonreír, y negar con la cabeza.
Cuando quieras.
Edward se irguió.
- Llevaré este – dijo.
Aquella noche, probaba la comodidad de mi cama. Aunque la pura verdad era que daba igual si era dura, blanda, suave…nunca me afectaría la diferencia. Sin embargo, me gustaba encerrarme en mi cuarto y tener “ratos humanos”, como los llamaba Carlisle. Me encontraba sentada sobre mi nuevo acolchado, con un cuaderno entre las piernas, dibujando garabatos. No estaba inspirada para escribir nada. El lápiz se movía de un lado para otro lentamente, sin apoyarse casi. Casi ni me daba cuenta de lo que hacía, sólo oía el rasgar de la mina una y otra vez, de un lado hacia el otro, de arriba hacia abajo. De repente, como si lo hubiera estado esperando, oí ligeros y suaves pasos de hombre en las escaleras. Aquellos eran los de Edward. Antes de que pudiese tocar a mi puerta, dije:
- Pasa, Edward.
La puerta de mi habitación se abrió. Edward se quedó parado, con un pie dentro, y la mano apoyada en la puerta de madera. Yo le sonreí, y le hice un gesto para que se sentara a mi lado. Edward cerró la puerta tras sí, y se tiró sobre la cama.
- ¿Por dónde empiezo? – preguntó, más a si mismo que a mi. Yo me apoyé contra los almohadones en la pared. – Veamos…todo comenzó cuando tú, con tus dos amigas, entraron en la cafetería. Descubrí que tu voz interna estaba más cerca, así que levanté la mirada y las vi. Al principio, me divertía al encontrarte incómoda en esa situación, como si no quisieras involucrarte con ellas más de lo que ya lo habías hecho.
Yo me revolví incómoda. Tenía razón, por supuesto.
- Hurgué en tu mente, dejándote un tiempo para ver si lograbas librarte tú sola. Entonces, ocurrió el accidente…
- Me tocó el brazo – susurré, recordando – Kim…
Edward asintió.
- Me asusté, y hurgué en la mente de tus amigas para ver si habían sospechado algo. Sin embargo, con Kimberly pareció como si te las hubieras arreglado, le ordenaste no tocarte…y ella, como era lógico, no dudó de tu decisión. Y luego, la convenciste de que no estabas acostumbrada a ello…y ella te creyó. Y no lo volvió a pensar. Sin embargo, Pilar…
- ¿Qué? – lo interrumpí, casi sin darme cuenta - ¿No me creyó? ¿Sospechó algo?
Sin embargo, Edward negó con la cabeza. Aquello me confundió aún más.
- No pude leerle los pensamientos.
Aquella frase me dejó congelada. Y eso que era difícil, puesto que no hay piel más fría y dura que la mía…si lo que tengo puede llamarse piel. Abrí la boca sorprendidísima, sin caer en lo que acababa de decirme.
¿Qué? ¿Cómo que Edward no había podido leerle los pensamientos? Nunca había oído de algo así. ¿Cómo podía ser posible? Edward era capaz de leerle la mente a cualquiera, mismo aunque no quisiera hacerlo. ¿Quién rayos era María Pilar Masen?
- Al principio, pensé que tal vez tenía una voz interna tan suave que no podía oírla – dijo, al ver el rumbo de mis pensamientos, sabiendo que no era capaz de producir ningún sonido – Así que traté de enfocarme en ella…sin embargo, nada. No pude oírle ni un atisbo de pensamiento. Aquello me asustó. Me dejó pensativo. Solo era una simple humana… ¿Cómo podía ser que no funcionara mi lectura de mentes en ella? ¿Qué era ella? ¿Por qué era distinta a los demás? Me dejó absorto. Tan absorto en mis propios pensamientos, que no me di cuenta de que ustedes se alejaban de mi vista, hasta que oí mi propio nombre pronunciado por tus labios. Luego dijiste: “¿Qué hay con mis hermanos?”, y por el tono de tu voz, supe que me tocaba intervenir. Tal vez, un poco más de cerca podría al menos oír algo de ella. Sin embargo, cuando me senté, mis esperanzas se esfumaron. Nada. Su mente estaba tan callada como una muñeca de porcelana. Me estresaba no saber lo que pensaba. Quería saberlo, necesitaba saberlo… entonces, me preguntó algo…como si lo hubiera pensado antes. Pero no lo había hecho, porque en caso contrario, yo podría haberlo escuchado… No lo entendía. Realmente no lo entendía. Y de repente…lo sentí.
- ¿Qué sentiste? – pregunté, sin contenerme. Edward suspiró.
- Una ráfaga de viento atrajo su olor hacia mí. Era un olor como nunca había sentido. Dulzón, fuerte…y tentador.
Sentí como sus ojos brillaban ante la mención de este. Abrió sus labios ligeramente, mostrándome un atisbo de sus dientes. Tragué con fuerza, sintiendo miedo ante la aparición del monstruo interno de mi hermano. Aquella chica estaba sacando lo peor de él.
- Sólo un día – susurró, mientras dejaba flojo el pecho y cerraba los ojos – la vi una sola vez en mi vida, y ya amenaza mi existencia y mi autocontrol. No lo entiendo…
Dejó caer su cabeza entre las manos, con los codos apoyados en las rodillas. Me hacía terriblemente mal verle tan decaído, tan desanimado, tan contrariado, tan fuera de sí… rodee sus hombros con mis brazos, mientras lo aferraba en un cálido abrazo, y apoyaba mi cabeza en la suya. Quería llorar. Por primera vez en noventa años, quise ser humana. Quise volver a mi naturaleza antigua para compartir su sufrimiento, para poder llorar por él…
Edward negó con la cabeza, y recobró la compostura, aunque en su expresión continuaban reflejándose la desdicha y humillación que todo esto le causaba.
- No sé qué debo hacer – susurró, mientras me devolvía el abrazo – No se si podré volver a verla… ¿qué pasa si en nuestro próximo encuentro no me controlo?
- No te dejaré – le prometí. Me causaba un enorme pesar no entender por lo que estaba pasando, porque jamás me había ocurrido una cosa así. Nunca había conocido un olor que para mí fuera especial. Sabía que era considerada por la sociedad un monstruo, así que jamás me había acercado a un humano lo suficiente como para matarlo. Y estaba muy orgullosa de ello. – Escucha, Edward…si tienes que irte, iré contigo. No voy a dejarte solo.
Edward volvió a negar con la cabeza.
- Imagina el pesar que le causarás a Esme – murmuró, con un atisbo de sonrisa en su rostro, aunque sus ojos no acompañaban ese gesto de satisfacción – Ya le dolerá que un hijo la deje, imagina dos… ¿y dejar a Carlisle solo con Rosalie y Jasper? Jamás se me cruzaría por la cabeza. No, tú debes permanecer aquí. Si en algún momento tengo que irme, me iré solo.
- ¿Has hablado con Carlisle? – le pregunté. Carlisle seguro era el más sabio con respecto a este tema. Noventa años de existencia no eran comparables con cuatrocientos. Edward negó con la cabeza.
- Planeaba hacerlo esta noche – me confesó – Él será la decisión final.
Yo le sonreí para infundirle ánimos. Sin embargo, sentía como un enorme agujero en mi pecho se iba abriendo poco a poco. El agujero de la desesperación. Si Edward se iba…no sabía si podría soportarlo. Iba a extrañarlo demasiado. Recordé cuando tuvo su etapa rebelde, y abandonó nuestra familia para vivir como un vampiro nómada. Le duró sólo cuatro años, pero fue lo suficiente como para que sintiera un vacío tan grande que mi existencia se hizo completamente inútil. Extrañaba a mi hermano. Casi salgo a buscarlo, si no era porque estaba preocupada por el sufrimiento de Esme.
Edward sonrió al leer mi recuerdo.
- Sí…la adolescencia vampírica – se mofó – Tengo sed. ¿Vamos a cazar?
Yo acepté de buena gana. Hacía ya una semana que no cazaba nada…y tenía la leve esperanza de que estar bien alimentado podía hacer que Edward superara su problema.
Sin embargo, la imagen de Pilar no se borró de mis pensamientos. Su sonrisa extrovertida y ligera, sin saber nada de lo que ocurría, sin tener idea de sus capacidades para lastimar y tentar vampiros inocentes. La bronca se esparció por mi cuerpo, casi inconscientemente. Aquella chica, quien quiera que fuera, estaba haciendo sufrir a mi hermano. Pero a la vez, un nuevo sentimiento apareció: la curiosidad. Quería saber qué era lo que la hacía tan especial. Y no tardaría en averiguarlo, de eso podía estar segura.
Capitulo 3
-Así que… aquí es –dijo una voz detrás de mí. -Va a costar un poco, pero vamos a poder… ¿Verdad, Alice? –Emmett miró a Alice con ojos esperanzados. Mi hermana levantó el rostro, completamente lleno de felicidad.
-Claro que si. Va a ser divertido –ella se acercó a mí y me tomó de la mano, mientras apoyaba su mentón en mi hombro –Vamos Pi, todo va a estar bien.
“Todo va a estar bien”. Esas fueron las palabras que durante los cinco meses que llevamos aquí me alentaron a pensar que todavía las cosas se iban a poner mejor. Estábamos en el aeropuerto, acabábamos de llegar a Inglaterra, y yo ya empezaba a notar el cambio de estación, de clima… pero me gustaba. Mi hermano mayor, Emmett, tomó con un solo brazo los cuatro bolsos que Alice se había traído, y con el otro los dos míos, mientras que nosotras llevábamos los carritos llenos de valijas. Aunque todas las cosas ya estuvieran en nuestra futura casa, nos llevamos de Argentina todo lo que pudimos: no queríamos dejar nada que pudiéramos extrañar.
Al salir del aeropuerto vimos un auto importado muy lujoso, para mi gusto feo, que nos esperaba para llevarnos a nuestra nueva casa. Me dormí un largo rato, creo que unas tres horas.
El auto nos llevó hasta un pueblo llamado Carlisle, esos pequeños pueblos tranquilos que me hacían recordar al mío. Pero no era en la cuidad, sino un poco más alejado de ella, a unos pocos minutos de viaje.
Cuando me desperté, vi que Emmett se encontraba muy entusiasmado mientras hablaba con Alice y con el conductor. Ajena a la conversación, miraba por la ventanilla y admiraba el paisaje. Mi humor iba cambiando: sentía que de a poco me empezaba a gustar realmente ese lugar. Además mis hermanos parecían tan entusiasmados que no quise arruinarles el momento. Me uní a la conversación. Pronto el conductor nos indicó que miráramos a nuestra derecha, a la ruta. Como tres turistas desesperados para sacar una foto, giramos la cabeza, y nuestras mandíbulas se abrieron.
Detrás de los árboles se podía ver una mansión grande de color blanco y columnas negras: tenía dos balcones, y varias ventanas. El parque era asombrosamente grande pero vacío. Miré a Alice, quien parecía pensar lo mismo que yo, y no me sorprendió que tuviera en mente algo para rellenar ese vació casi imperfecto.
No sé cómo hizo el conductor pero dobló tan rápido que antes de que me diera cuenta, estábamos frente a la casa. Emmett se bajó del auto y sacó las valijas del baúl, Alice dio las gracias al chofer, y yo terminé de bajar los bolsos. Cuando cada uno recuperó sus cosas nos aproximamos a la puerta. Exactamente no sabíamos si golpear o esperar que alguien salga, pero cuando ya teníamos decidido qué íbamos a hacer, la puerta se abrió y una mujer de unos cuarenta de años nos dedicó una esplendida sonrisa, muy parecida a la de Alice.
-¡Mis sobrinos! –se acercó a nosotros y nos juntó a todos abrazándonos fuerte. Le devolvimos el abrazo con el mismo entusiasmo. –Vamos adentro, está empezando a refrescar… Me tomé el trabajo de acomodar sus habitaciones: sus padres me escribieron diciéndome cómo les gustaría su habitación a cada uno… Espero que haya acertado… si no, podrán cambiar –la tía Victoria siguió con su discurso. Realmente parecía la dueña de un hotel, mostrándonos las habitaciones y todas las comodidades que poseen o a que hora había que bajar para la cena. Se parecía mucho a mamá (después de todo era la hermana)… Nos llevó a la cocina, al comedor, a la sala de estar, a la biblioteca, y luego por el pasillo. Nos guió hacía su habitación para que la conozcamos. Había una pequeña sala que era su biblioteca personal, a la izquierda había una estantería con varias fotos. En ellas estaban mis primos, que se habían mudado a Alemania, mi difunto tío, mis padres, y nosotros tres cuando éramos chicos. Luego nos llevó por las escaleras de frío mármol al primer piso, se dirigió a la segunda puerta del lado izquierdo, sacó una llave, y la abrió. Esa tenía que ser la habitación de Emmett, al margen que todos sus muebles y sus pertenencias estuvieran allí, era su estilo de habitación.
-Es… sencillamente para mí – le dijo Emmett sonriéndole, quien se quedó allí, acomodando las cosas, mientras que Victoria nos seguía guiando por la casa. Al lado del cuarto de Emmet había un cuarto de juegos, que conectaba por adentro con su habitación, supuse, sabía que a él le iba a encantar.
-Alice, querida, tu habitación está en el segundo piso, toma la llave…Esta abre la habitación, y esta abre el balcón… Me temo que la llave del baño la tiene una de las mucamas, tendrás que pedírselas luego –mi melliza asintió con la cabeza y de un salto subió las escaleras de mármol que eran más pequeñas que las de la entrada. Solo quedábamos mi tía y yo. – Mi querida, me gustaría mostrarte tu habitación y la de tu hermana… pero me ha surgido algo. Tu habitación está en el tercer piso, toma la llave, esta es la del balcón, cuando vuelva vamos a poder hablar tranquilos –me dio un beso en la frente y bajó las escaleras rápido.
Respiré hondo, siempre me ayudaba, mantener la respiración y luego largarla y sentirme nuevamente bien, subí las últimas escaleras que quedaban, donde encontraría una puerta grande blanca media gastada. Respiré y entré.
…Cinco meses después…
-Basta Alice –le dije a mi melliza que brincaba de una forma imparable. Acabábamos de salir de la biblioteca, y mi hermana seguía molestando con lo de mi “salvador”. -No es mi amor, solo…- pero no pude continuar.
-Te salvó la vida ¿no? – contestó la pequeña con una sonrisita. Intenté no ruborizarme – escuché de que es extraordinariamente perfecto –pasó la vista a Kim que le guiñó un ojo
-¿Esto es un complot contra mí? Miren, no es mi amor, no pasó nada y no pasará –la conversación ya empezaba a cansarme. En otra ocasión, le hubiera dado la razón, pero el encuentro con Edward había sido diferente a todos los otros. Justo cuando Kim empezó a sacar el tema de la apuesta con Emmett, me dio un tiempo para pensar las cosas. Miré a mi alrededor como hacía siempre, inspeccionando el lugar. Me sentía un poco mareada pero no lo quería decir. Justo cuando Alice explicó porqué se había perdido una clase, Kim se quedo paralizada en el pasillo. Miré a mi amiga y luego miré lo que ella observaba.
-¿Kim, estás bien? –le pregunté, en el pasillo se acercaba exactamente la perdición de Kim.
-¡Hey! – gritó el chico de los cabellos dorados.
-¡Remus! – respondió Kim que había adoptado la misma expresión de embobamiento cuando yo había visto a Edward. Por un momento deseé que una mesa nos tapara para poder patear a mi amiga y decirle que cierre la boca, ya que estaba goteando el suelo de baba. -¿Qué… qué haces aquí? – pregunto Kim agarrando su mochila con más fuerza; Sirius se estaba acercando.
-¡Oh! ¡No otra vez Remus! – el chico se acerco con aire de suficiencia y nos miró -¿Qué andan haciendo, enanas? – poco me agradaba el hermano de Kim: era de esos tipos tremendamente guapos, pero que a mí me parecían desagradables. Alice me miró se reojo y pude entender de una sola ves lo que pretendía.
-Oye Sirius… - empezó Alice sacando su mejor sonrisa – Hay una chica que le encantaría conocerte… ya sabes… - Sirius la miro con recelo, pero luego se animó.
-¿Es amiga tuya? –preguntó, ocultando el interés.
-Si, si… Si quieres, te la puedo presentar ahora mismo… solo tienes que… acompañarme… - Alice lo arrastró de un brazo hasta el final del pasillo. Antes se dio media vuelta y me guiñó un ojo; no sabía que chica le presentaría pero había sido una excelente idea.
-Kim, nos vemos en la biblioteca, o en la clase de Allen – le toque el brazo a mi amiga y me fui, sabiendo que Kim me contaría todo con detalles y que Sirius asesinaría a mi hermana. Pero… ¿Qué importa? La vida es corta.
Mientras iba por el pasillo escuchando música con mi Ipod me pareció que una melena de pelo rubio pasaba por al lado mío. Sentí un escalofrío, que casi me cortó el aire. Era Rosalie. Se movía tan perfecta que daba envidia mirarla pasar, o ese era el efecto que provocó con las chicas que estaban a su lado. La rubia caminaba hacia la salida del instituto como un relámpago, pero en el trayecto se le cayó un papel. Supuse que tendría que levantarlo y llevárselo, así que me agaché con cuidado. Ese día me había puesto una pollera (según Emmett demasiada corta) sobre unas medias largas con unas botas negras, que me hacían caer más de lo normal a causa de un pequeño taco.
Me propuse ir hacía el prado, curiosamente perdí a la rubia de un manera muy patética. Hubiera podido alcanzarla si no hubiera tenido esas botas ridículas. Pase la parte de a tras de la escuela, ya que mi intuición me decía que la chica se había ido hacia esa parte. No me equivocaba. Cuando doble el paredón me encontré con los Cullen. Los mire. Me observaron. Y me quede perdida en sus ojos dorados, hasta que Emily me saco de mi estupidez atómica.
- Perdón Pilar, ¿Buscas algo? –me pregunto Emily con su voz sería, sabía que estaba interrumpiendo algo, supuse que esa era la justificación a su mirada de bronca.
- Eh… No, solo venía a darle este papel que se le cayo a Rosalie…- busque en mi morral el papel, pero luego me di cuenta de que lo tenía en la mano; sentía que mi cara se cubría de un color rojo tomate. – Toma, aquí esta… - se lo entregue, me di media vuelta y me fui lo más rápido que pude. Tuve esa sensación que murmuraban a mis espaldas.
A pesar de la espesa nieve que había en todos lados, me las ingenie para pasar todo el prado rápido, sin que mis botas quedaran muy húmedas. Sabía que si Alice las veía se burlaría de mi todo el día.
Pero mi cabeza estaba en otra parte de la Tierra. Sabía que la confianza era algo muy apreciada, difícil, y que solo se obtenía a través del tiempo, pero no lograba entender porque Emily tenía ese brillo de desconfianza en los ojos. Hacía solo horas que nos habíamos conocido, pero sospechaba algo.
Busque miles de hipótesis, miles de cosas, pero todo se distrajo cuando se me vino a la mente, que hubiera pensado Kim. Me había olvidado por completo de que la había dejado sola con Remus, esperé que haya aprovechado el tiempo, Sirius había caído tan bien en la trampa de Alice que me sentía orgullosa de mi hermana. Faltaba un rato para qué toque la campana, nos tocaba la clase de Allen, una clase que siempre voy a odiar y que el profesor no me animaba que cambie de pensamiento. Les presento mi monstruo interno: La Física.
Saque otra vez mi Ipod, y me acorde de los ojos de Edward.
No quería, no debía.
Pero había algo en sus ojos, algo que me inquietaba demasiado. No quería convertirme en una chica perseguida, tenía que cerrar ese pensamiento de cualquier forma posible. Cuando estaba atándome el pelo con una hebilla, porque ya los rulos se me estaban poniendo rebeldes, vi de reojo que los Cullen entraban por la misma puerta que había entrado minutos antes. Gire la cabeza y lo vi. Tenía los puños cerrados, su mirada era decidida, Emily iba a su lado, los otros dos los seguían por atrás.
Cuando Edward me miro, me volví a poner colorada, era muy patético que me vieran en esa posición. Agregándole el detalle que me paralice al verlo. Hizo una mueca de disgusto y giraron por otro salón.
Hizo una mueca. Seguro cortaron el camino por ese pasillo, para no pasar por delante de mí. Mi mente no dejaba de pensar en eso.
Empecé a caminar rápido, lejos de ese pasillo, mirando a todos lados, sentía como el sudor de los nervios bajaba por mi frente, camine tan rápido que me tropecé, como de costumbre, con una masa gigante haciéndome caer para a tras.
-¡hey! –Emmett me agarró con un brazo y sin hacer esfuerzo me levanto –Ja! ¿Cuándo será el día que no te tropieces con mis piernas? – Emmett empezó a reír con su típica carcajada- solo unos centímetros más Pi… - me abrazo por la cintura y me dio un beso en la frente. Luego se fue con sus amigos a las clases correspondientes, ya que la campana ya había sonado y de repente el tumulto de gente se aproximaba al pasillo.
-¡Pi! – Escuche- ¡PILAR! – Alice llego hasta mí y me agarro de un brazo – ¡estuve buscándote! Kim ya esta en el aula, esta en las nubes – Alice sonreía feliz y a mi me parecía que me iba a agarrar un ataque de pánico. – Funciono muy bien el plan Pi, Sirius se lo creyó y cuando estábamos saliendo le dije que su chica era la que estaba en el estacionamiento...pobre, la debe de seguir buscando. ¡Estoy tan contenta!- Alice no cabía de su emoción – Kim nos va a tener que contar todo con detalles…- Alice siguió hablando hasta que entramos al aula y ella se despidió, para cambiar de clase. Me senté con Lauren Taylor: iba a dejar que Emily se sentara con Kim. Tenía miedo que me bombardeara, sobre el motivo de mi aparición en el prado, o lo que era peor, que me clavara una de sus miradas. Kim estaba… en realidad no estaba, por lo menos no en la clase, seguramente estaba en Remuslandia, ya que tenía la boca ligeramente abierta y una expresión de felicidad interna que contagiaba.
Emily llego al aula, con sus pasos perfecto, miró el asiento vació de Kim que seguía mirando la nada, y se sentó con una delicadeza perfecta en la silla. Una dama inglesa, hubiera dicho mi madre.
No puedo negar que al verla, el corazón me dio un palpitar bastante ligero, sorpresivamente Emily no abrió el tema durante la hora. No abrió la boca en ningún momento de la clase; lo hizo una vez solo para pedirle a Kim que sea un poquito menos obvia. Tenía una expresión enfadada. Realmente no sabía que le pasaba, tampoco hablaba con nosotras, y yo no me quería arriesgar a sacarle cosas.
- ¿Resumen del día? – pregunto Emmett completamente relajado encima de mi cama
- Fue un poco especial, pero nada de otro mundo. – contesto Alice que tenía la cabeza arriba del vientre de Emmett.
- Completamente raro – conteste por último yo, que tenía mi cabeza apoyada arriba de las piernas de Alice- ¿y tu Emmett lo volviste a tocar a Jasper?- nos empezamos a reír mientras que Emmett se encogió de hombros y miro el techo;
- Ese chico, Jasper, es medio raro… intente hablarle después del almuerzo, teníamos Literatura… el chico es muy inteligente – hizo una mueca – entiende mis chistes mejor que los otros compañeros… – Largo una carcajada y sentimos que nos estábamos perdiendo un chiste privado, pero antes de preguntarle, Alice me miro.
- Yo no creo que sean raros… solo necesitan adaptarse, tengo esa sensación que cuando lo hagan, va a ser todo “normal” – las “sensaciones” se mi hermana, siempre eran ciertas, así que me mantuve con esa esperanza. Cuando Emmett y Alice bajaron a ayudar con la comida, me quede en mi habitación, deseaba llamar a Kim, después de todo no habíamos podido hablar sobre el tema de Remus. Antes puse algo de música y entone algunas canciones, sentía que desde que me había mudado, no había podido dedicarle tiempo siquiera al baile, sabía que Alice no me lo perdonaría.
Agarre el tubo del teléfono y marque el número de Kim. Hubiera seguido con ella hablando otras dos horas más, pero Emmett subió a mi habitación gritando que la comida se iba a enfriar, también agarro el teléfono y le dijo a Kim – “Vas a perder, con Emmett no se juega chiquita”.
Esa noche se me hizo eterna.
Capitulo 2
Miré hacia atrás a ese grupo de chicos. Debían ser nuevos, no podía ser que los hubiéramos visto antes. Luego corrí mi mirada, extrañada, a Pilar, mientras ella inspiraba profundamente. Esperaba que ella comenzara a hablar sobre el chico que la había salvado de romperse la cabeza. Pero no fue el caso. Ella simplemente siguió caminando, como si nada hubiera pasado, pero con un extraño brillo de ausencia en sus ojos.
-¿Estás bien? –le murmuré, colocando mi mano en su hombro.
-¿Por qué tendría que estar mal? Estoy bien, solo…me enredé con mis propios pies.
-Ahá… -dije yo, negando con la cabeza y mirándola fijamente, casi sin parpadear.
-Kim, ¿por qué me miras así?
-Dilo –susurré, con una pequeña sonrisa en mis labios.
-¿Qué cosa?
-¡Ay, vamos Pi! –no pude contenerme y solté una risa. –Sé que estás intentando parecer madura y no hacer ningún comentario al respecto, pero sé que te estás muriendo de ganas…
-¿Qué? No, para nada –Pilar pestañeó varias veces, sonrojándose. Yo no saqué la vista de mi amiga. –Kim, basta.
-Vamos, Pi… -susurré. –Tarde o temprano vas a decirlo… “¡Oh por Dios! ¿Viste a ese chico? ¡Por todos los cielos, es hermoso!” –imité la voz que ponía mi amiga siempre que veía un chico atractivo, pero ella simplemente negó con la cabeza.
-No, Kim –Pilar se ruborizó. –No pensaba decirlo –Pilar se detuvo frente a un bloque de casilleros y abrió el suyo, mientras dejaba una enorme carpeta y sacaba dos libros, antes de cerrarlo. –Vamos a clase…
-¿Pilar, desde cuándo…? –yo no tenía palabras. Esa no era mi amiga. Amaba muchísimo a mi amiga, pero había que admitirlo. Era de las más grandes babosas que existían en el mundo.
-Es que Kim…con él fue…diferente…
-¿Diferente en qué sentido? –pregunté con una sonrisa. –Vamos, Pi… No todas los días te salva la vida un chico que parece ser hijo de Afrodita…
-¿Afrodita? –una grave voz calmada pero con una disimulada nota de diversión y curiosidad se oyó a mis espaldas y noté la oculta sonrisa de Pilar. Me giré y vi a quien, en mi opinión, más que ser hijo de la diosa de la belleza y el amor es esas dos cosas, personificadas.
-Hola Remus… -suspiré, mirando al chico con una enorme e involuntaria sonrisa. Remus Lupin era el amor de mi vida, y yo era el amor de su vida. Salvo que él no lo sabía…aún. Remus era simplemente perfecto, tanto por fuera como por dentro.
Era alto, de cabello castaño claro y lacio. Su piel blanca, siempre pálida y con unas ojeras debajo de unos ojos color miel, con extraños resplandores dorados, pero completamente diferentes a los ojos de aquel grupo nuevo. Muy lejos de ser robusto debajo de su camisa blanca se notaban unos trabajados, aunque no en exceso, músculos. Él es uno de esos chicos que no se encuentran fácilmente. Maduro, inteligente, siempre pensando en hacer lo correcto, sin importarle a quién concerniera. Sabía mantener la calma, y muy pocas cosas lo hacían perderla. Lo que me fascinaba de él, y lo había hecho desde el principio, es que era completamente opuesto a mí, pero a pesar de eso nos llevábamos muy bien. Yo lo conocía muy bien, y él también. Pero esa cercanía que teníamos en nuestra relación tenía sus pros y sus contras. Era odioso pensar que como pareja seríamos perfectos juntos, pero había un diminuto detalle…
-¡Remus! –un joven un poco más alto que Remus, de ultra lacio cabello negro azulado y penetrantes ojos grises se acercó. -¿Qué…? –me vio y frunció su entrecejo. -¿Qué miras, enana?
-¿A quién le dices enana? –dije, apretando los dientes y mirándolo con profundo enojo.
-Espero que no a mí –murmuró Pilar, colocándose a mi lado. Me recordé agradecerle a mi amiga por eso. -¿Qué tal, Sirius?
-Remus, tendríamos que irnos –Sirius Black, alias “El mejor hermano del mundo” me miró perspicazmente. –Tenemos clase.
-Si, pero Remus y yo estábamos hablando –no se puede llamar “hablar” a un intercambio de miradas, pero no importaba. Mi hermano mayor sabía que yo estaba enamorada de Remus, pero era tan egoísta y celoso que no quería que Remus y yo tuviéramos nada que ver.
-Mañana trae a Teddy para que hables con él –me dijo bruscamente Sirius. Inspiré profundamente. ¡No podía ser tan malo como para mencionar a mi oso de felpa favorito! –O te podrías traer al otro, el que es un lobo grandote… ¿Cómo se llama?
-Tengo esos muñecos solo por decoración –interrumpí fríamente a mi hermano.
-¡Cómo si no los abrazaras por la noche! –bufó Sirius.
-¡No duermo con osos de felpa! –me defendí. Eso era verdad: no lo hacía. Solo los colocaba sobre mi cama.
-¡Bueno, llegamos tarde a clase! –Pilar me tomó del brazo y me arrastró del brazo, mientras me llevaba al baño. -¡Dios, Kim! ¡Estás toda roja! –yo fruncí los labios y arrojé mi mochila sobre la mesada del baño. -¡Respira! –exclamó mi amiga. Yo inspiré y cuando pude relajarme, me contemplé en el espejo. Pilar tenía razón: mi rostro estaba sumamente enrojecido, parecía una frutilla. Bufé y me acomodé el lacio cabello castaño claro, antes de pasar con cuidado el índice por debajo de mis ojos avellana, intentando no correr el delineador. -¿Mejor?
-Si… Vamos a clase –murmuré. –Qué pedazo de idiota… -susurré, mientras salíamos y nos dirigíamos a clase. -¿Por qué me hace eso? Sirius sabe cuánto me gusta Remus…
-Porque es tu hermano mayor –dijo Pilar con dulzura, y me sentí como una niña de tres años. –Y los hermanos mayores quieren que sus hermanas menores se hagan monjas y nunca en la vida tengan una pareja. Sobretodo si es hombre porque él es hombre y sabe cómo los hombres pueden ser.
Bufé, mientras entrábamos a nuestra clase de español. Ya estaban todos allí y la profesora, la señora Brightman, estaba tomando lista.
-Señorita Masen, señorita Black –nos miró por encima de sus anteojos rectangulares. –Llegan tarde.
-Lo siento, profesora –dijo Pilar, sonriendo angelicalmente.
-Pero…justo a tiempo. Estábamos hablando sobre quién será el tutor de nuestra nueva alumna, la señorita Cullen –con Pilar levantamos la vista y vimos en la tercer fila, sentada con aspecto de completa seriedad y concentración a la misma muchacha que se encontraba con el chico que había chocado a Pilar. –No creo que haya inconveniente –la mujer había pensado que eso nos molestaría. Todos sabían que la señora Brightman era una de las personas más amargadas y odiosas del mundo.
-Para nada, profesora –saltó Pilar, y tuve que contener una risa. Sabía en qué había pensado Pilar.
-Bien… ¿Por qué no se sientan junto a ella? -¡Cómo si eso nos molestara tanto!
Con Pilar asentimos y avanzamos hacia la tercera fila, mientras ella se sentaba en el banco junto a la muchacha y yo detrás de ella.
-Soy Pilar Masen –sonrió Pilar, mientras le tendía la mano. La muchacha la miró fijamente y sonrió, pero no estrechó su mano.
-Emily –dijo con una aguda y dulce voz. –Emily Cullen.
-Kimberly Black –sonreí desde mi lugar, inclinándome hacia delante. Me sentía un poco idiota, de seguro por el hecho de que Emily me intimidaba bastante. Ella era…rara. Pero en un buen sentido. Era rara porque no era como ninguna persona que yo hubiera visto antes. Su largo cabello castaño oscuro tenía unas ondas perfectas y caía con mucha naturalidad sobre su espalda. Sus ojos dorados eran extraños pero muy bellos. Ella simplemente era muy hermosa, ahí otro motivo por el cual yo me sintiera intimidada. Pero a pesar de ser tan inhumanamente bella, la sensación que me provocaba al estar junto a ella era…extraña. Me hacía sentir segura; me transmitía un sentimiento de confianza, de seguridad, de tranquilidad… pero al mismo tiempo sentía que me encontraba frente a alguien malvado. No tenía mucha lógica… Quizás todo eso se debiera a mi personalidad histérica y bipolar. No lo sé. Pero de algo estaba segura: Emily no era normal. Una persona no podía ser tan atractiva (no en un modo erótico o amoroso, sino…atractivo como…magnético) y al mismo tiempo tan repulsiva. ¿Cómo es posible sentirse a salvo con una persona que te hace sentir que tendrías que alejarte?
-Un placer –respondió con amabilidad Emily. –Oigan –murmuró. –Sé que la profesora Brightman dijo que ustedes debían guiarme, pero…no lo hagan si no quieren. No es necesario, ya me han mostrado la escuela.
-¡No, no! –sonrió Pilar, negando con la cabeza. –Me encantaría hacerlo. Me encanta hacer amigos nuevos.
-Sobretodo con hermanos así –murmuré para mí, en un tono de voz tan bajo que ninguna persona me hubiera oído, mientras me alejaba y apoyaba en el respaldo de mi asiento. Pero Emily se giró de golpe y me escudriñó con sus preciosos ojos dorados. Maldije para mí misma en mi interior y puse la sonrisa más convincente que pude. Emily se quedó congelada durante una milésima de segundo, y luego tensó los músculos de su blanco y bello rostro, dedicándome una dulce sonrisa, antes de volver a girarse haciendo mover su cabello del modo que se hace en las publicidades de shampoo, con la excepción de que su movimiento fue totalmente natural.
Pilar me miró y frunció el ceño, confundida, pero luego se encogió de hombros y se giró hacia Emily, mientras comenzaba a preguntarle por sus gustos, actividades, y todas esas cosas que llevarían de seguro a hablar de su familia.
-Oigan… -murmuró Emily con su suave voz. –Yo voy a almorzar con mi hermano –dijo, mientras giraba al entrar a la cafetería y deseaba caminar hacia una mesa donde estaba sentado solo el nuevo amor de Pilar.
-¿Qué? ¡No! ¡Vamos, Emily! –sonrió Pilar angelicalmente. -¡Quédate con nosotras!
-No, le dije a mi hermano que…
-¡Vamos, Emily! –sonreí, tomándola del antebrazo. Para mi sorpresa, Emily levantó su brazo casi de un modo violento, tan violento que casi me golpea en el rostro y pude sentir una fuerte ráfaga de aire en mi mejilla. Sentí como mi corazón latía con fuerza al mirar mi mano y sentirla fría. A pesar de que Emily traía un grueso sweater (estábamos en enero), pude notar que su piel era increíblemente dura… y fría.
Sentí como mi corazón se detenía al ver la mirada que Emily me dirigió: una profunda mirada severa, de disgusto, de desconfianza.
- ¡No me toques! - saltó ella, perdiendo los estribos. Sentí como mi estomago se revolvía y algo oprimía mi pecho. No sé qué sucedió, solo comprendí una cosa: no debía tocar a Emily. Era algo sumamente importante. Una nueva regla. Una regla que no se podía romper. No sé qué me dio esa impresión… ella pareció notarlo, ya que bajó la mirada.
- Yo...lo siento - se disculpó - No estoy acostumbrada a este tipo de contacto, tan... físico. No soy una persona muy cálida - ¿Acaso fui la única que comprendió el doble sentido de esa frase?
-Emily –dijo Pilar, dudando. –Eh… ¿Te importaría quedarte con nosotras un rato? Si quieres no te tocamos… Pero… -Emily nos miró severamente, y luego asintió.
-No almorzaré con ustedes. Discúlpenme –murmuró. –Almorzaré luego con mi hermano. Pero las acompañaré…
Asentimos en silencio, mientras nos colocábamos en la fila. Debía sacar un tema, romper el hielo. Se había formado un silencio incómodo.
-¿Cuántos hermanos son en tu familia, Emily? –pregunté disimuladamente. Sentí que Pilar sonreía disimuladamente, agradecida de no tener que preguntar eso y no ser tan obvia con respecto al muchacho que le había salvado la vida.
-Pues…somos cuatro. Jasper, Rosalie, Edward y yo –respondió Emily en voz baja, mirando de reojo hacia el otro lado de la cafetería donde Rosalie estaba sentada, rodeada de un grupo de chicas de tercer año.
-Pero vi esta mañana a tu papá… -dije yo, frunciendo mis labios. –No le doy más de treinta años…
-Ah –murmuró Emily, moviendo incómoda la cabeza.
-Lo siento, no tienes que responder eso –dije yo, sonrojándome. Seguía bastante intimidada frente a Emily.
–Parece que tu hermana no tuvo dificultad en conseguir amigas –dijo Pilar, intentando cambiar de tema.
-¿Rosalie? –Emily se giró y una divertida sonrisa invadió sus finos labios. –No, para nada…
-Es la típica escena de las películas –sonrió Pilar. –Acaba de llegar y parece que ha emergido una nueva reina entre las chicas populares de tercero… -miré por encima de mi hombro como todos los miembros de ese grupo miraban maravilladas a Rosalie.
-Pues…mi hermana es así –dijo Emily, mientras Pilar colocaba una botella de agua en su bandeja y comenzábamos a dirigirnos a una mesa casi vacía. –Le gusta que la gente la alabe… -Noté como Rosalie alzaba la cabeza y nos miraba. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Noté como mis mejillas enrojecían y mi respiración se alteraba. Rosalie no bajó la mirada y continuó mirándonos. No era posible que hubiera oído todo eso a tanta distancia. Era seguro: yo estaba demasiado paranoica. Tal vez debería dejar de mirar series de televisión como “Supernatural”… Me perturbaban demasiado…
-¿Y qué hay de Jasper? –preguntó Pilar, mientras abría la botella de agua y se la llevaba a los labios.
-¿Qué hay con Jasper? –preguntó con inocencia Emily, aunque sentí como un frío brillo de desconfianza aparecía en sus ojos.
-¿Por qué está con Emmett? – pregunté, viendo como Jasper se sentaba en una mesa junto al hermano mayor de Pilar, un muchacho muy alto y musculoso de rizada cabellera negra.
-¿Emmett? –preguntó Emily, alzando una ceja.
-Es mi hermano mayor… -explicó Pilar. –Tengo dos hermanos. Emmett, está en tercero… Y Alice, que es mi melliza…
-¿Y tú, Kim? –preguntó Emily, mirándome perspicazmente. Tenía la vaga impresión de que quería cambiar de tema.
-No quiero hablar de mi hermano –murmuré, mientras me cruzaba de brazos. –Cuéntanos de tu familia, debe ser mucho más normal que la mía… Mi familia es una familia disfuncionalmente chiflada…
-Créeme que dudo que supere la mía –murmuró Emily, más para sí que para mí.
-¿Y Ed…gard? –sabía muy bien que Pilar había dicho mal el nombre a propósito, intentando disimular.
- Edward –corrigió fríamente Emily. -¿Qué hay con mis hermanos?
- Nada, solo…c-curiosidad –titubeó inocentemente Pilar. –Y Emil… -de repente vi como Pilar abría su boca y una boba sonrisa cruzaba su rostro, mientras uno de los hermanos de Emily se acercaba. Era él: el chico de Pilar (por así decirlo…). –Oh… -menos mal que Pilar ya estaba sentada, porque sino de seguro se hubiera tropezado.
-¿Les importa si me siento? –dijo el muchacho con una grave voz aterciopelada. Pilar negó con la cabeza, con la boca ligeramente abierta, y Emily se hizo a un lado.
-El es…Edward –dijo, y por un momento temí que dijera “Edgard”. Me pareció ver cómo Edward hacía un gesto con la cabeza, mirando fijamente a Pilar, con…desconfianza. –Ella es Kimberly –apenas me miró pero pude notar el dorado intenso de sus ojos, igual al de Emily. –Y ella es…Pilar. Pero creo que…ya se conocían.
Edward ni siquiera parpadeó, y vi como su rostro se tensaba mientras se desplazaba disimuladamente hacia la derecha, lado contrario al de Pilar.
-Oye, Edward –comenzó Pilar, sin perder su sonrisa, aunque se la notaba ligeramente nerviosa. –Gracias por lo de hoy. Nunca te lo terminé de agradec…
-No fue nada –interrumpió con suavidad Edward, aunque pude notar la indiferencia en su voz. Pilar murmuró algo incomprensible en voz baja y bajó la mirada, mientras se sonrojaba. -¿Todo anda bien, Emily? –susurró Edward en voz tan baja que casi ni lo oigo. Ella asintió ligeramente con la cabeza. –Oye…Acabo de hablar con Jasper y Rosalie… ¿Vamos a almorzar?
-¿Dónde van a almorzar? –salté. No lo hice a propósito, fue un simple impulso. Miré por la ventana Afuera nevaba y no había otra sala para comer.
Edward y Emily posaron en mí sus grandes ojos dorados y sentí como comenzaba a faltarme el aire. De repente me sentí como si los acabara de delatar, me sentí amenazada por esos cuatro ojos dorados que me miraban severamente.
-Afuera –respondió Emily. –Vamos a hacer un muñeco de nieve –no sonó muy divertida ni convencida, pero no me importó. Yo simplemente asentí, demasiado intimidada como para decir algo más.
-D-De acuerdo –murmuré. –Ad-diós…-Emily y Edward se pusieron de pie y se alejaron y yo tragué con fuerza, sintiendo como mis manos temblaban. ¿Por qué me había asustado tanto?
-¿Afuera? ¿Con este frío? Sí que están locos… No comprendí porqué E-Edward me miró así… ¿Dije algo malo? –negué con la cabeza y oí el bufido de mi amiga. -¿Y a ti? ¿Qué bicho te picó?–me preguntó mientras yo veía como Rosalie y Jasper se acercaban a Emily y Edward y los seguían hacia la salida de la cafetería.
-Es lo que me he preguntado con respecto a Kimberly desde el día en que la conocí… -dijo una grave voz, y Emmett, el siempre tan divertido y simpático hermano mayor de Pilar se sentó junto a ella, haciendo como si reflexionara sobre algo sumamente importante y complicado.
-Ja ja, Emmett… Muy divertido… Me río de Janeiro –murmuré, frunciendo los labios.
-¡Qué mal chiste! –saltó Emmett. –Tendrías que aprender del maestro, Kim…
-Bueno… En ese caso, cuando vea a un maestro, le pediré que me dé algunas lecciones… -sonreí. Era imposible preocuparse con Emmett alrededor. De algún modo y otro, siempre terminaba animándote. Pilar soltó una carcajada y Emmett me miró con malicia.
-Qué lista, Kimmy… Debe de ser la primera vez en tu vida que me ganas en algo… No te acostumbres porque no durará…
-Emmett, cierra el pico –sonreí, negando con la cabeza y llevándome a la boca un bocado de mi almuerzo. –En fin… -murmuré, mientras tragaba. -¿Qué tal el chico nuevo?
-¿Jasper? –Emmett alzó sus oscuras cejas. –No sé… Es medio rarito… Un poco amargo… Me senté con él en clase. Respondía del modo más monosílabo que podía… Se sobresaltaba por todo, no quería que nadie lo toque…
-¿Qué haces tú juntándote con alguien así? –sonrió Pilar, dándole un gran mordisco a una manzana. –Eres la persona más…eh…sociable del mundo –Pilar dudó antes de decir sociable. No porque su hermano fuera antipático, sino porque, por el contrario, era la persona más bromista del mundo. Siempre riéndose. No con los demás, sino de ellos. Y muchas veces era divertido. Algunas no tanto.
-Por eso, hermanita –sonrió Emmett. –No va a ser amargo por mucho tiempo. Cuenten con eso.
-Quiero ver eso –sonreí.
-¿Apostamos? –sonrió Emmett, alzando sus cejas y mirándome con malicia.
-Emmett, algún día te vas a meter en problemas. Deja de apostar por todo –sonrió Pilar.
-Bien –yo me incliné hacia delante, mirándolo fijamente. –Si yo gano…
-Tendrás que entrar en nuestra clase de Brightman y hacer lío. Mucho lío. Podrías bailar sobre el escritorio, o alguna cosa así… -saltó Pilar, divertida.
-Considéralo hecho –dijo Emmett, como si fuera fácil. –Recuerdo que el año pasado Brightman quiso suspenderme… Tal vez lo logre este año… En fin, Kim… Si yo gano, voy a volverme la persona más divertida del mundo contigo…
-Qué terrible –susurré, ironizando.
-…sobretodo cuando cierto castaño se encuentre a mi alrededor…sin importar cuán lejos tú estés… Y no vale que me regañes o me histeriquees…
-¿¡QUE!? –exclamé, con mi voz una octava más arriba. Pilar se atragantó con la manzana y comenzó a toser, mezclando su tos con una risa mientras enrojecía. Emmett le palmeó la espalda con tanta fuerza que ella casi se cae hacia delante, pero aunque sea sirvió para ayudarla.
-Gra…cias –susurró, roja, sin poder dejar de reírse. -¡Ay no! ¡Yo quiero ver eso! –chilló. Le dediqué una profunda mirada de disgusto, y ella carraspeó. –Es decir…¡Quiero verte bailando en el escritorio de Brightman!
-Pilar, se supone que eres mi amiga.
-Pero yo soy su hermano –Emmett me miró con sus ojos azules. -¿Tenemos un trato? –yo fruncí mis labios nerviosa. Emmett hizo un ruido extraño, como una gallina y amplió aún más su sonrisa. Nadie me llamaba cobarde.
-Agreguemos algo. Si yo gano, nada de chistes a costa mía frente a “cierto castaño”.
-Bien –murmuró Emmett.
-¿Una semana de plazo? –pregunté.
-Lograré que vaya a la fiesta de Luke Williams y que se note que fue. ¿Es suficiente para ti?
Luke Williams era un muchacho de tercero que cada año hacía una gran fiesta para su cumpleaños, en no más de dos semanas.
-Hecho –estreché su mano por orgullo, casi inconscientemente.
-¡Cómo me voy a divertir! Iré pensando cada una de las bromas que haré… -sonrió con malicia. Pilar se mordió el labio, mirándonos como si mirara un partido de tenis. –Bueno, ya me voy… No sea cosa que me vean hablando con niñas como ustedes.
-¿Niñas como nosotras? –dijimos Pilar y yo al unísono.
-Es que ustedes son tan chiquitas…
-Bueno, no es nuestra culpa si la genética te dio el tamaño de un gorila –bufó Pilar.
-Y a ti el de un duende. Ah, no… Tú no eres el duende –sonrió. –Por cierto… ¿Dónde está el duende?
-El “duende” tiene nombre. Se llama Alice y es tu hermana –bufó Pilar. –Mi melliza. Y no es un duende. Solo…
-Soy chiquita, lo sé –dijo una cantarina voz. -¿De qué me perdí? –Alice se sentó con mucha gracia a mi lado, mirándonos felices. -¿Acaban de apostar, verdad? –dijo, mirándonos a mí y a Emmett, quien soltó una risa y le susurró en pocas palabras en que consistía nuestra apuesta. –Mira qué divertido… -sonrió Alice. –Tengo la ligera impresión de que Emmett lo logrará… Lo siento, Kimmy…
-Gracias, Alice –mascullé.
Golpee la mesa por debajo. Alice tenía una intuición genial. En ese momento no se me ocurrieron demasiados ejemplos, pero los más comunes eran adivinar qué haría un contrincante en el “piedra, papel o tijera”, intuir las jugadas en algún deporte, se aventuraba a pronosticar el clima o cuándo habría algún examen sorpresa, dependiendo del profesor. Se podría decir que tenía un Sexto Sentido fenomenal.
-Eres de gran ayuda –susurré.
-Lo siento –se sonrió a modo de disculpa. -¿Alguna me acompaña a la biblioteca? Debo buscar un libro para mi clase de francés…
-Bien sûr –sonreí, mientras Pilar se ponía de pie y seguía a su melliza.
A decir verdad, eran bastante diferentes, aunque tenían unas pocas similitudes. A diferencia de Emmett, Pilar y Alice eran mucho más pequeñas. Pilar tenía el cabello castaño, ondulado y largo, mientras que Alice lo tenía negro, al igual que Emmett, pero corto y muy alocado. Los tres tenían ojos azules, aunque los de Emmett eran más oscuros que los de las dos mellizas, cuyos ojos eran más claros, casi cristalinos.
-¡Recuerda, Kim! –me gritó Emmett desde el otro lado de la cafetería, y me di cuenta de que muy cerca de mí estaba sentado mi hermano con Remus y un par de amigos más. Intenté restarle importancia y apresurar el paso, pero fui tan rápido que choqué a Pilar quien casi cae al suelo.
-¡Kim! –me recriminó, recobrando el equilibrio. Mientras me disculpaba, Alice soltó una suave risa.
-Qué pena que el chico nuevo no estuviera nuevamente cerca, ¿no Pi? –Pilar enrojeció y la miró boquiabierta.
-¡Mary Alice Man…! –comenzó mi amiga, pero Alice se encogió de hombros.
-No hables como la abuela, Pi… Las voces se corren… Ya todos saben de tu nuevo amor… -y tras decir eso, apuró su paso grácil dejándonos atrás. -¿Cómo que las voces se corren? ¡Alice! –chilló Pilar. -¿¡Qué amor!? -Yo retrocedí para contemplar la escena, divertida, pero un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo al notar sobre nosotras cuatro pares de ojos dorados, mirándonos desde el otro lado del pasillo.
viernes, 26 de diciembre de 2008
Capitulo 1
Lejanamente, como si se encontrara a miles de kilómetros de distancia, oía las fuertes y chillonas quejas de Rosalie. No prestaba atención a sus palabras, ya que hace una hora que repetía lo mismo, sentada en el suave asiento del Mercedes. Sentía el brazo de Edward alrededor de mi hombro, mientras me estrechaba con fuerza. Jasper fingía dormir con la cabeza apoyada en mi otro hombro, respirando con fuerza excesiva, como si de esa forma lograra despejar el zumbido que generaba la voz de su melliza en sus oídos.
- ¡No quiero mudarme! ¡No otra vez! ¡Ya había logrado formar una vida, como en todos y cada uno de los lugares por los que hemos pasado! ¡Aún no había terminado nuestro tiempo, podíamos quedarnos algo más! ¡Todo esto es culpa de Edward! ¡Mamá, dile algo a Papá! ¡Esto no es justo!
- Ya cállate, Rosalie, por favor – pidió Edward con mucha educación. – Después de un rato te vuelves insoportable.
Yo reí entre dientes. Rosalie nos fulminó con la mirada, abrazada al asiento del conductor.
- Rose, Edward no tiene la culpa de nada, cariño – trató de calmarla suavemente Esme, mi madre – Y tu padre tampoco. Edward ha hecho lo que pudo por liberarse de esa chica que lo perseguía, pero ella sospechaba…y mejor prevenir que curar, ¿no crees?
- No tiene la culpa de ser tan guapo, de eso estamos seguros – dijo Jasper con voz ronca, sin quitar la cabeza de mi hombro ni abrir los ojos. Edward puso los ojos en blanco. Rosalie se enfurruñó, pero se rindió finalmente, y se apoyó en el respaldo con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.
- Rose – la llamó Carlisle, mi padre, desde el asiento del conductor – Sabes como vivimos. Sabes que no podemos llevar una vida normal. Cuando debemos mudarnos…debemos hacerlo. No importa el por qué fuere…debemos hacerlo. Como ha dicho Esme…mejor prevenir que curar. Un término muy adecuado para un médico, ¿no crees?
Rosalie no contestó, y se dedicó el resto del viaje a mirar por la ventanilla. Yo entendía como se sentía: ser un vampiro nunca había sido sencillo, ni siquiera para nosotros. Mientras reflexionaba acerca de nuestra vida, apoyé mi cabeza sobre la de Jasper, y cerré los ojos. Sabía que jamás podría “dormir”, pero al menos podría alejar mi mente de allí. Cuando volví a abrirlos nos encontrábamos estacionados frente a una enorme casa de madera, al estilo moderno, llena de ventanales y algo elevada, en el medio del bosque. Parecía tener tres pisos, y ser muy iluminada. Aunque solo la veía desde afuera, parecía el estilo de casas que me gustan.
- Esta algo alejada del pueblo – dijo Carlisle, mientras descendía del auto – pero pensé que les gustaría…
- Es hermosa, papá – dije, sinceramente. Pude ver de reojo la sonrisa de Esme. Edward me ayudó a bajar del auto.
- ¿Una carrera hasta la casa? – me ofreció Jasper, sonriente. - ¡A que elijo la mejor habitación!
Yo corrí, porque cuando llegó Jasper, siempre se había quedado con lo mejor de la casa. Entré, y en tres segundos había recorrido la casa entera. Era preciosa, exactamente como yo la imaginaba: Suelos de madera, ventanales que la iluminaban, paredes blancas…
- ¡Yo quiero esta! – exclamé, tocando la puerta de una de las habitaciones del segundo piso, la segunda a la izquierda.
- Enfrente es mi escritorio – mostró Carlisle, mientras abría las puertas. Edward tomó el dormitorio al lado del mío, y Jasper el que estaba al final del pasillo. Rosalie decidió irse al tercer piso y tomó el dormitorio más grande, pero menos iluminado, y Esme el que estaba al lado de Carlisle. – Voy a darles un rato para acomodarse, y en un rato los llevaré a conocer la escuela a la que asistirán.
- ¿Escuela? – preguntó Jasper – Pensé que Rosalie y yo iríamos a la universidad… estamos cerca de Oxford, ¿no? Y de Cambridge… y hasta en esta misma ciudad está la universidad de Cumbria.
- Estarán en el ultimo año de instituto – explicó Carlisle, serenamente – Así nos aseguramos aquí unos…cinco, seis años…si no tenemos problemas, claro.
Jasper se encogió de hombros, se dio la vuelta, y bajó las escaleras. Yo lo imité: quería acomodar mis cosas rápidamente, así nos apurábamos con todo ese trámite de conocer la nueva escuela.
En diez minutos, habíamos terminado. La fuerza y velocidad de un vampiro no puede compararse con la de un humano: ese era uno de los puntos fuertes. Observé detenidamente mi nueva habitación: la cama de una plaza y media apoyada contra la pared derecha, y el respaldo en la del fondo, con todos mis muñecos de peluche encima. El escritorio a un lado, pegado al ventanal, con el ordenador y mis cuadernos, carpetas, libros y útiles. El puff en la esquina izquierda inferior, frente a la biblioteca y el aparato de música, y la gran alfombra en el centro. Aún debía pintar las paredes e instalar las cortinas, pero de eso se encargaba Esme. Entendía que mi madre mucho para hacer durante el día no tuviese, y por lo tanto le gustaba ocuparse de la decoración de la casa… ni siquiera podía cocinar porque, ¿quién lo iba a comer?
Inspiré y exhalé el inútil aire satisfecha, y bajé corriendo las escaleras. Rosalie y Jasper me esperaban allí. Jasper estaba sentado sobre el sofá recién instalado, y había encendido el plasma. Rosalie miraba todo enfurruñada, con los brazos cruzados y tamborileaba con el pie.
- ¿Dónde está Edward? – pregunté. Rosalie señaló hacia la puerta de vidrio a su izquierda, que llevaba al único balcón, el del subsuelo, con una mini escalera que daba al jardín. En ese suelo de madera habían instalado el piano de mi hermano, donde él estaba sentado tocando. Atravesé la puerta corrediza de vidrio con una sonrisa en el rostro: adoraba cuando Edward tocaba el piano. En aquél momento reconocí la canción: Chopsticks, de Mozart. Me senté a su lado, mientras oía con mucho placer la perfecta combinación de notas, observaba el rápido movimiento de los dedos largos y pálidos del pianista, al son de cada uno de los sonidos. Cerré los ojos: de esa forma mi escucha se agudizaba, y podía disfrutarlo más aún. Edward continuó tocando, sin inmutarse por mi presencia. Él, más que nadie, sabía cuanto me gustaba. Sentí levemente la presencia de Esme a nuestras espaldas, pero no cambié mi posición. Finalmente, demasiado rápido para mi gusto, Edward tocó la última nota.
- ¿Estrenando piano? – preguntó la dulce voz de Esme. Yo abrí los ojos al dejar de oír la música – Es hermoso, Edward…
- Sigue tocando – rogué. Esme asintió, feliz. Edward suspiró.
- Voy a necesitar ayuda… - susurró con una sonrisa. Inmediatamente, supe de qué hablaba, y asentí con una sonrisa. Edward posó sus dedos sobre las teclas, y tocó la primer nota. Yo inspiré, y mi voz comenzó a salir, como si no necesitara más incentivo que aquél. Estaba tocando mi favorita. La canción que mi madre, mi madre biológica, me cantaba cuando era pequeña. Edward sabía perfectamente que Lullabye era mi perdición, y que yo la cantaría aunque no me quedara más voz. Tocaba lentamente, complementando mi voz con su propia receta, la mezcla de sonidos perfecta, como sólo Edward podía lograrlo.
Suspiré al finalizar la canción, y observé a mi hermano con ojos brillosos.
Otra, pensé. Sin embargo, Edward negó con la cabeza.
- Llegaremos tarde – se excusó, mientras yo le hacía un puchero. Él reaccionó con una sonrisa – Vamos, tienes toda la eternidad para oírme tocar el piano.
- Carlisle nos espera en el auto – dijo Jasper, desde el marco de la puerta de vidrio, apoyado contra él. Yo asentí, y me levanté, mientras me acomodaba la falda. – Cuidado con el escalón, Emily, no vayas a tropezar aquí.
Lo fulminé con la mirada, mientras saltaba con mucho cuidado el marco levantado de la puerta.
Efectivamente, Carlisle nos esperaba sentado en el asiento del conductor. Jasper se sentó en el asiento del copiloto, y Rosalie, Edward y yo detrás.
- Guárdate tus opiniones, Rosalie – pidió Edward, mientras se abrochaba el cinturón, aunque mucho no le serviría: Carlisle jamás tenía un accidente, tenía unos reflejos excelentes, y si llegaba a tenerlo, ninguno se vería en riesgo. Éramos mucho más que simples mortales. Rosalie dejó escapar un resoplido.
El camino al instituto no fue demasiado largo: al menos no para nosotros. Carlisle manejaba a una velocidad que, humanamente vista, era excesiva, y el camino era bastante corto y por ruta, así que estuvimos allí en diez minutos.
- Este es el edificio principal – explicó Carlisle, señalando un edificio color salmón con letras plateadas colgadas encima de la puerta, que decían: “Instituto Principal de la ciudad de Carlisle”. Sí, la ciudad – o más bien pueblo - en la que estábamos instalados se encontraba al norte de Inglaterra, en el estado de Cumbria. Mi padre había escogido esa ciudad ya que, no sólo tenía su nombre y le causaba mucha curiosidad, sino que era un pueblo pequeño, sin demasiados curiosos, dónde llovía todo el tiempo y podíamos mantener lo que nosotros queríamos creer que era una “vida normal”.
Observé detrás de aquél edificio, dónde había otros varios edificios en un gran campus. Arriba de cada edificio, letras plateadas como las que se encontraban frente a mí estaban instaladas, y decían cosas como: “Inglés” o “Literatura”. Seguramente había varias aulas de la misma materia – tres o cuatro – y dedicaban un edificio para cada una. Me gustó aquello: no tenía que preocuparme por acordarme el número de las aulas. Las letras eran lo suficientemente visibles. Me pregunté cuántos edificios habría.
Carlisle nos hizo entrar al edificio principal. Dentro, había un mostrador de espaldas a un ventanal que daba al campus, y una puerta que tenía inscritas la palabra “Enfermería”. No creí que fuera a usar esa puerta nunca. Mi cuerpo no estaba programado para enfermarse muy seguido. Jasper y Rosalie se sentaron en un banco que había al lado de la puerta, mientras Carlisle se acercaba al mostrador.
- ¿Cullen? – oí como preguntaba la secretaria detrás de este – Sí…son cuatro, ¿verdad?
- Jasper, Rosalie, Edward y Emily – confirmó Carlisle. Levanté la mirada: estaba acostumbrada a que la gente se quedara anonadada al ver a mi familia, pero siempre me hacía reír. Tuve que taparme la boca al notar la de la secretaria abierta. Sus ojos se dilataban al observar la belleza externa de mi padre. A pesar de que siempre atraíamos físicamente a nuestras posibles presas, estaba segura que Carlisle había sido hermosísimo en su vida humana, lo que le sumaba más puntos. Lo único en lo que me parecía a mi padre eran los rasgos característicos de un vampiro de nuestra clase: la piel pálida y marmórea, las ojeras violáceas y los ojos dorados, negros cuando estábamos sedientos. El resto, era completamente distinto: él era joven, rubio, y más guapo que cualquier estrella de cine. Yo, a gran diferencia, nunca había sido guapa: tenía el cabello castaño largo hasta la mitad de la espalda, con la raya al costado y algunas ondas desprolijas, ya que nunca me lo peinaba. Mis rasgos, a pesar de que atrajeran a los humanos, no engañaban a ningún vampiro.
- Eres preciosa – me susurró Edward al oído, lo suficientemente alto como para que solo yo lo oyera, al oír mis pensamientos. Yo le pegué en el hombro.
- ¿Qué piensa la secretaria? – le pregunté, para cambiar de tema. Edward rió por lo bajo. Ambos observamos como Carlisle llenaba unos papeles con la mirada posada en ellos, y la secretaria, nerviosa, le ponía la mano lo más cerca posible de la suya, enseñándole dónde debía firmar. Aunque parecía que Carlisle tenía la guardia baja y no se daba cuenta de nada, nosotros podíamos ver como se alejaba lo más posible de ella, sin parecer descortés.
- Primero se quedó anonadada – susurró Edward en mi oído - y pensó: “¿Qué? ¿Este hombre tan joven y guapo es el padre de cuatro adolescentes?” y luego se trató de imaginar una y mil maneras para acercarse a Carlisle.
- Clásico – murmuré yo, dejando escapar un resoplido – Las secretarias son siempre iguales. Nunca logran nada.
- Ten cuidado – me advirtió Edward – El profesor de literatura es muy joven.
- ¿Cómo lo sabes? – pregunté, aunque era más bien una pregunta retórica: seguramente podía verlo a través de la mente de algún alumno. Y así era.
La secretaria repasó todos los papeles que Carlisle acababa de darle.
- Así que, Jasper y Rosalie en tercero, Edmund…
- Edward – corrigió mi padre. La secretaria enrojeció, y vi como Jasper cerraba los ojos ante tal imagen: mi hermano mayor era el que más problemas tenía para controlarse.
- Sí, Edward…él en segundo, y la menor…Emily, en primero, ¿cierto?
- Cierto – concordó Carlisle. La secretaria sonrió tímidamente.
- Bueno – la secretaria salió de detrás del mostrador, y se acercó a nosotros. Noté como abría ligeramente la boca y le brillaban los ojos al observar a mis hermanos. Una ola de ira me invadió al notar como miraba a Jasper. Sin embargo, este la observaba impasible, con sus fríos ojos puestos en ella, como si estuviera obligado a verle el rostro. Jasper sí que sabía como alejar a las personas indeseables. Una satisfacción impensable superó la ira, y me calmé inmediatamente. Esa secretaria no tenía muy buen futuro si continuaba enfadándome así.
- No seas celosa – me susurró Edward al oído, aunque pude sentir la sonrisa que trataba de escapársele. Bajé la mirada, avergonzada.
- Va-vale – tartamudeó la secretaria – Ustedes deben ser Jasper y Rosalie, ¿cierto?
Ninguno de los dos contestó. La secretaria, intimidada, carraspeó.
- Bu-bueno, esto… nuestro sistema es de esta forma: ustedes han escogido una rama. Según lo que tengo anotado, Jasper ha escogido Ciencias Sociales y Rosalie, Ciencias Exactas, ¿cierto?
Jasper asintió levemente. La secretaria volvió a aclararse la garganta. Aquella situación era muy divertida, y estaba segura de que Jasper la disfrutaba igual que yo.
- Bueno, entonces…cada uno tendrá su clase – continuó la mujer – Rosalie irá a la clase de Tercero Ciencias 1, y Jasper a la de Tercero Sociales 3. Como hay muchos alumnos, tiene que haber varias clases en cada rama. Luego los guiaré a su clase. Ahora… - se giró hacia Edward, quién había quedado inmóvil a mi lado, a la espera de sus indicaciones – Tú tienes que ser Edward. Tú también has escogido Ciencias Exactas, pero en tu año solo hay un curso de esa rama, así que tu curso se llama solo Segundo Ciencias. Y sólo queda… - se giró hacia mí, y traté de poner mi cara más inocente. Debía hacerme la fama antes que nada - …Emily. Aún no estás en edad para escoger, así que tu curso es Primero A, el primer curso de primer año.
Yo asentí. La secretaria nos pidió que la siguiéramos, y nos fue mostrando todo el campus. Cada rato me daba vuelta, para sentir que Carlisle iba detrás de nosotros y no se había ido. A pesar de que ya tenía cerca de 90 años, me gustaba sentir a mi papá conmigo en esos casos, y seguía poniéndome nerviosa cada vez que tenía que empezar de nuevo. Carlisle, al notar esos gestos, me hizo una seña para que retrocediera. Yo lo hice, y él me tomó la mano. Yo sonreí, y me aferré a su brazo. Edward sonreía delante de nosotros. La secretaria nos fue mostrando todos los edificios, guiándonos por todo el campus. Nos enseñó la cafetería, el gimnasio, el campo de football, la biblioteca y la sala de estudio, dentro de la misma biblioteca. Parecía un lugar bastante grande para formar parte de un pueblo tan pequeño. Y cuando llegamos al edificio de inglés, la primera materia que veríamos, sonó un timbre, y los alumnos comenzaron a salir de sus clases. Al pasar, todos nos observaban, sabiendo que pronto seríamos los nuevos. Entonces, todo ocurrió muy rápido: se oyó un grito ahogado, y yo giré mi mirada al ver como Edward se agachaba y levantaba rápidamente a una muchacha antes de que se rompiera la cabeza contra el suelo. Pude ver como se miraban a los ojos un instante, y luego Edward la soltaba.
- G-gracias – susurró ella, mientras se frotaba la ropa y todos en el pasillo la miraban. Jasper y Rosalie observaban la escena con cierta precaución en los ojos.
- ¡Pilar! – se oyó una voz detrás de ella. La chica miró hacia allí: una joven se acercaba a ellos - ¿te encuentras bien?
- Si, si – contestó la chica a la que Edward había salvado. Entonces, pude observarla mejor: tenía los ojos azul cristalino, y el cabello largo, castaño y ondulado. Su rostro era redondeado, y observaba a Edward con la boca abierta y los ojos dilatados. Yo resoplé: Edward ya se había ganado una fan en este colegio, de las miles que habría. Miré a mi hermano, para ver su reacción. Pero esta vez, había algo diferente en él: no se había separado de ella bruscamente, como lo habría hecho con cualquier otra, ni le había dado vuelta el rostro. Al contrario: la observaba con extraño interés, casi obsesión, mientras sus ojos brillaban a la luz que entraba por la ventana. Noté como su mano temblaba ligeramente, y luego le miré los labios. Los tenía ligeramente abiertos. Parecía una estatua esculpida en mármol, totalmente paralizado. No parecía consciente de la situación en la que se encontraba. Me invadió una extraña sensación de angustia, solté mi mano de la de Carlisle y corrí a salvarle el pellejo. Me puse delante de él, y le tomé las mejillas, mientras lo miraba a los ojos.
- ¿Edward, estás bien? – pregunté, fingiendo una enorme preocupación por el estado de salud de él. En realidad, no estaba fingiendo tanto, estaba preocupada por su estado de salud…mental. - ¿No estás herido?
Edward notó el doble sentido de mis palabras, y su expresión se relajó. Sus ojos dejaron de brillar con tanta intensidad, para luego cerrarlos y negar con la cabeza.
- Estoy bien, Emily – me aseguró. Supe, en ese mismo instante, que aquella tarde me esperaba una larga conversación con Edward. Me contaría lo que le había ocurrido, porque aquello no era normal. Debía contármelo. Noté como la muchacha observaba con preocupación a mis espaldas, así que muy enfadada, tomé la mano de mi hermano. Inspiré hondo, y me di la vuelta, para mirar a la joven a los ojos.
- ¿Tú estás bien? – pregunté con la voz más dulce y suave que logré. Mi expresión estaba relajada, y mis labios se curvaban en una mueca de preocupación, pero mis ojos me traicionaban: ellos mostraban la furia y confusión que sentía en ese momento. Ella asintió, y luego miró la hora.
- ¡Uy, debo ir a clase! – exclamó. Noté como su amiga, al lado, observaba la escena con la boca abierta – Supongo que…nos veremos. ¡Gracias por salvarme!
Dicho esto, tomó la mano de su amiga y salió corriendo hacia el otro lado. Miré a Edward con la furia contenida, y él negó con la cabeza, para hacerme notar que no había nada de lo que preocuparse. Mi mirada cambió: en ese momento, el brillo de mis ojos reflejaba la angustia y pena que había sentido unos instantes antes.
Ya me lo contarás todo, ¿verdad?, pensé.
Edward asintió con la cabeza. Aquello me dejó más tranquila.
Apenas era consciente de que el pasillo se había ido vaciando. Jasper, Rosalie y Carlisle nos observaban con incredulidad. Yo me acerqué a Carlisle, mientras negaba con la cabeza, y le susurré, para que sólo él me oyera:
- Todo está bien.
Carlisle asintió, posando toda su confianza en mí.